
Milei recupera terreno: el outsider que no se terminó

El clima cambió. Hace apenas un mes, la sensación era de desgaste, de un Milei atrapado entre la recesión, las internas con los suyos y el humo de su propio personaje. Pero la victoria legislativa nacional reacomodó las piezas. Los números lo confirman: su imagen positiva subió ocho puntos y llegó al 48%. La negativa, aunque todavía alta, bajó al 52%. En la política real, eso se traduce en algo más que porcentajes: el presidente volvió a generar expectativa.
La sociedad argentina, esa masa impredecible que un día prende fuego la Casa Rosada y al otro te pide selfies, parece haberle dado una segunda oportunidad. No por devoción ideológica, sino por pragmatismo: el dólar estable, los precios algo más contenidos y la inflación que dejó de ser un escándalo cotidiano reconfiguraron el humor social. Milei sigue polarizando, sí, pero ahora con aroma a ganador.
Entre los jóvenes, su adhesión trepa al 63%. No es un dato menor: son los únicos que todavía creen que se puede cambiar algo. En su relato encuentran algo que el resto de la política perdió: una dirección, aunque sea caótica. El discurso antipolítica ya no suena a berrinche, sino a ruptura fundante. Y eso, en un país que se repite como un loop de campaña, tiene peso propio.
En paralelo, los sondeos revelan un giro más profundo. La mayoría de sus votantes no espera milagros: espera continuidad. Milei se volvió previsible dentro de su propio caos. Ya no se lo evalúa como al economista incendiario del 2023, sino como un presidente que puede durar, aunque siga gritando desde el atril. Pasó de fenómeno a gobierno, y eso, en la Argentina, ya es casi una hazaña.
Según Opinaia, en un escenario presidencial hipotético, Milei sacaría el 34% de los votos, seguido por Massa con 25% y Schiaretti con 9%. Traducido: el león no rugió por última vez. Si las elecciones fueran hoy, partiría de un piso tan alto que rozaría la primera vuelta. El voto duro resiste y el blando vuelve, atraído por la sensación de que, al menos, el tipo hace lo que dijo que iba a hacer.
Detrás del revival libertario hay algo más que marketing. Hay una realidad incómoda para sus detractores: el peronismo no logra producir una alternativa, Juntos está en terapia de pareja y la sociedad, lejos de estar “forcluida” por el dólar barato, parece anestesiada por un pequeño respiro económico. Milei capitaliza el alivio. Lo convierte en mística. Lo narra como victoria moral.
Su secreto sigue siendo la narrativa. Mientras los demás discuten nombres y cargos, él habla de enemigos, patria y libertad. No importa si el argumento es precario: funciona. Milei entendió que la política no se gana con coherencia, sino con relato. Y en eso, todavía nadie logró empatarle el pulso.
Por eso, declararlo “terminado” suena más a deseo que a análisis. Milei no es un fenómeno que se apaga, sino un sujeto vivo en pleno desarrollo. Aprende del barro, se alimenta del conflicto y vuelve a rugir cuando todos lo dan por muerto. Su gobierno puede ser errático, pero su instinto está intacto: el de oler cuándo la sociedad vuelve a creer. Y, por ahora, le volvió a creer.














