
Alquilar ya no es vivir: el costo de la vivienda empuja a miles a endeudarse y resignar lo básico
Alquilar en Argentina dejó de ser una decisión para convertirse en una condición de supervivencia. Con ingresos que pierden contra los costos de vida, miles de inquilinos sostienen su día a día entre deudas, recortes y múltiples trabajos. La desaceleración de la inflación no alcanza a revertir el problema: el alquiler sigue absorbiendo una porción cada vez mayor del salario. En ese escenario, la vivienda deja de ser un punto de estabilidad para transformarse en el principal factor de presión económica, donde cada mes se juega algo más que pagar: se define qué se resigna para poder quedarse.
Endeudamiento, recortes en alimentos, mudanza y pluriempleo como estrategias de supervivencia. Así transita la vida de miles de inquilinos en el país, en medio de un deterioro del poder adquisitivo que impacta en las condiciones de vida, pese a la desaceleración en la suba de los alquileres por la baja de la inflación.
De acuerdo a un informe de la organización Inquilinos Agrupados, el 17,2% de los inquilinos debió mudarse por no poder afrontar el alquiler. Mientras que otro número que preocupa es que siete de cada diez de los encuestados destinan más del 40% de su salario al pago del alquiler.
En paralelo, el 70,9% reconoce tener deudas activas, en un escenario donde la economía cotidiana se sostiene, cada vez más, a base de crédito.
La radiografía se vuelve más cruda cuando se observa el destino de ese endeudamiento. Más de la mitad de los inquilinos (53,2%) tomó deuda para poder comer, mientras que el 38,9% lo hizo específicamente para pagar el alquiler. Las tarjetas de crédito aparecen como principal herramienta de financiamiento: el 65,2% recurrió a ellas para cubrir gastos básicos.
El ajuste también se siente dentro del hogar. El 89,6% de los consultados afirmó haber recortado gastos domésticos. En ese universo, el 65,1% redujo el consumo de alimentos y el 54,2% resignó gastos en salud. El dato más elocuente: apenas el 38,6% logra realizar cuatro comidas diarias.
Frente a ese escenario, el trabajo aparece como variable de compensación, aunque insuficiente. El 45,7% de los inquilinos tiene más de un empleo, mientras que el 14,1% perdió alguna fuente laboral en el último año. La precariedad laboral y el pluriempleo conviven como dos caras de la misma moneda.
El dato final condensa una realidad que ya no admite eufemismos: alquilar se volvió una trampa de supervivencia. Entre deudas para comer, recortes en lo básico y trabajos que no alcanzan, el acceso a la vivienda dejó de ser un derecho para convertirse en un factor de empobrecimiento. Cuando vivir bajo un techo implica resignar salud, alimentación y estabilidad, el problema deja de ser del mercado y pasa a ser estructural. Y en ese punto, lo que se rompe no es solo la economía doméstica, sino el equilibrio social.



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