
Milei acelera la reforma laboral que entusiasma a Wall Street

Preocupación en las PYMES
El Gobierno encontró en la reforma laboral la llave para cumplir dos promesas a la vez: la que hizo a Washington y la que le debe a los empresarios locales. Los enviados del Tesoro norteamericano y del Fondo Monetario le pusieron nombre a la condición del auxilio: “modernizar el mercado de trabajo”. Y Javier Milei, fortalecido por su triunfo legislativo, decidió que el momento político es ahora.
La Casa Rosada definió que el proyecto ingrese en las sesiones extraordinarias. El texto todavía no se conoce, pero en los despachos ya se filtran los trazos gruesos: eliminación de penalidades por despido, “banco de horas” y convenios por empresa en lugar de paritarias sectoriales. En apariencia, un cambio técnico. En la práctica, un giro de poder que puede desarmar la red que durante medio siglo equilibró a sindicatos, patronales y Estado.
Las grandes corporaciones lo leen como una oportunidad histórica. El capital financiero, también: los bonos argentinos subieron, el riesgo país cayó y las mesas de inversión volvieron a hablar de “ciclo de crédito” para 2026. Para ese mundo, la reforma laboral no es solo productividad; es garantía política de pago. Sin conflictos, sin huelgas, sin paritarias imprevisibles. Un país “normal”.
Pero en el subsuelo de la economía real, la mirada es menos entusiasta. Entre las pymes industriales y de servicios circula la misma pregunta: ¿cómo se negocia solo contra veinte obreros en la puerta del taller? Sin el paraguas de un convenio sectorial, la discusión se vuelve cara a cara. Y en una fábrica de treinta personas, la tensión no necesita micrófono. “Si tenés un extorsionador adentro, te dinamita el negocio”, dice un empresario metalúrgico que no suele hablar con los medios.
La uniformidad que dan las paritarias hoy es también un seguro de previsibilidad. En los talleres del conurbano, nadie llama a esto “rígido”: lo llaman “saberse las reglas del juego”. Negociar por empresa puede ser viable para un banco, un laboratorio o una petrolera; pero para una carpintería de Lanús o una pyme textil de Córdoba puede significar vivir al borde de la asamblea permanente.
En la Bolsa festejan. En las provincias, los gobernadores piden “tiempo político”. Y en los barrios fabriles, la prudencia se confunde con miedo. El Gobierno necesita mostrar resultados ante los acreedores y los socios externos, pero la economía real —esa que paga sueldos, no dividendos— se mueve con otra lógica: la estabilidad.
Detrás de los números verdes del mercado hay una historia vieja: cuando las reformas se escriben para tranquilizar al dólar, suelen dejar inquieta a la gente. Milei busca demostrar que la ortodoxia puede convivir con la épica del cambio. Sin embargo, la verdadera prueba no estará en Wall Street, sino en las persianas de cada pyme. Ahí donde se mide si la libertad de mercado puede sostener, también, una idea de país.














