
La carne se dispara y anticipa repunte inflacionario

A un mes de las fiestas, el termómetro del precio argentino por excelencia —la carne— volvió a moverse. El kilo de asado, que hasta hace semanas parecía estable, subió entre 8,5% y 10% en el último tramo de octubre. No es solo un ajuste de mercado: es la señal de que el congelamiento del dólar empieza a mostrar grietas y que la inflación, contenida a fuerza de recesión, vuelve a asomar la cabeza.
Las consultoras privadas ya marcan un repunte: el Índice de Precios al Consumidor de octubre rondaría el 2,5%, un aumento del 16% respecto a septiembre. No es una explosión, pero sí un cambio de tendencia. La inflación está “dopada”, anestesiada por la caída del consumo y el enfriamiento de la economía, pero no curada.
El Banco Central, en su Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM), corrigió al alza las proyecciones: espera un 2,2% mensual y una inflación anual del 29,6%. El “top ten” de analistas sube la vara a 29,9%, un número que parece pequeño, pero rompe la narrativa oficial de victoria sobre la inflación.
El dólar se mueve y la carne lo sigue
Desde abril, el peso se devaluó casi 20%, y aunque el tipo de cambio oficial permanece dentro de la banda de flotación, los precios mayoristas ya empezaron a reacomodarse. En una economía indexada como la argentina, el dólar es la brújula del resto: si se mueve, los precios caminan detrás.
El ejemplo más claro está en los alimentos. De acuerdo con la consultora LCG, en las últimas cuatro semanas la inflación promedio se aceleró a 3,3% mensual, con picos de 3,6% punta a punta. Los lácteos, frutas y verduras lideran el alza, pero la carne es la que marca el pulso.
El movimiento inquieta a los economistas porque ocurre sin una devaluación brusca y con el dólar oficial “congelado”. Si la carne sube así en pesos con un tipo de cambio planchado, el salto medido en dólares es todavía más fuerte. Y ese salto, tarde o temprano, reacomoda toda la cadena de precios.
El consumo interno, ya debilitado, podría amortiguar el impacto en el corto plazo. Pero los precios relativos se recalibran solos: la carne tira, los alimentos acompañan, y el resto de los rubros ajustan para no quedar desfasados. La lógica es circular: cada aumento genera otro.
Servicios atrasados, tarifas dormidas
La otra bomba está en los servicios públicos, que funcionan como inflación contenida por decreto. Según un informe privado, las tarifas de transporte, energía y agua siguen 35% por debajo de su valor de mercado. En otras palabras, el ajuste pendiente sigue ahí, esperando turno.
Las autoridades lo saben: aplicar esas subas sin compensación sería políticamente inviable. Pero no hacerlo deja el déficit energético sin resolver y agranda la brecha de costos. La apertura de importaciones ya mostró su límite: los bienes importados aumentaron 9% en septiembre, el doble de meses anteriores, por efecto de costos logísticos y la devaluación acumulada.
El consumo masivo, motor clásico de las fiestas, no repunta. Las ventas minoristas caen, los créditos personales siguen caros y el aguinaldo no alcanzará para cubrir los aumentos de alimentos y servicios que se vienen.
El equilibrio imposible
Los economistas lo resumen con una metáfora: la inflación argentina está dormida, pero con un ojo abierto. La combinación de recesión, atraso tarifario y dólar controlado le dio un respiro al índice, pero ninguna de esas anclas es sostenible.
El dólar, porque depende del humor financiero y de reservas que siguen negativas. Las tarifas, porque el congelamiento erosiona la caja del Estado. Y la recesión, porque un país que no crece no puede estabilizarse indefinidamente.En este contexto, la carne vuelve a ser símbolo y síntoma.














