
Proteger la piel del rostro todos los días es clave

¿Por qué habría que ponerse protector solar incluso un día nublado, en pleno invierno o mientras trabajamos adentro? La respuesta no es obsesión ni moda. Es física pura: la luz atraviesa ventanas, rebota en superficies y llega igual a la piel del rostro, que es más fina, más expuesta y más vulnerable que el resto del cuerpo. Lo que vemos en el espejo hoy es, en parte, el resultado de lo que esa piel recibió durante años.
Los dermatólogos lo repiten porque la evidencia es contundente. La radiación ultravioleta no descansa. Los rayos UVA y UVB están ahí, pasen nubes, estaciones o cortinas. Los UVA atraviesan vidrios y son los responsables del envejecimiento prematuro. Los UVB queman, irritan y dañan el ADN de las células, y ese daño se acumula. Con el tiempo aparecen manchas, arrugas, pérdida de elasticidad y, en casos más serios, cáncer de piel. No pasa de golpe. Pasa de a poquito, todos los días.
Por eso el protector solar no es un “producto de verano”. Es una herramienta de salud. Usarlo a diario funciona como una especie de escudo invisible que bloquea buena parte de esa radiación. Y cuanto antes se incorpora a la rutina, mejor responde la piel. No importa si solo salimos diez minutos o si manejamos con el sol de costado. El daño es acumulativo, así que la protección también debe serlo.
Ahora bien, ¿qué protector elegir? Acá la ciencia también da pistas simples. Para el rostro se recomienda FPS 50 o más, y siempre de amplio espectro. Eso significa que cubre UVA, UVB y también la luz azul, esa que viene de pantallas y puede pigmentarnos la piel. Si la piel es seca conviene usar cremas. Si es grasa o con tendencia al acné, funcionan mejor las emulsiones livianas o los geles oil free. Para pieles sensibles o irritables, los protectores minerales con óxido de zinc o dióxido de titanio son una gran opción, porque no generan reacción.
Hay un detalle clave que muchas veces se pasa por alto: el protector solar no habilita a exponerse más tiempo. No es una licencia para tostarnos. Es una barrera que acompaña otras medidas, como usar sombrero, anteojos, reaplicar cada dos horas y evitar el sol del mediodía. Ningún filtro aguanta eternamente. Ninguno.
Usarlo bien también importa. Lo ideal es aplicarlo media hora antes de salir, cubrir toda la cara, el cuello, las orejas y repetir cuando transpiramos o estamos al aire libre mucho tiempo. Y sí, incluso en invierno. La piel no entiende de estaciones, entiende de radiación.
Cuidar el rostro no termina en el protector. La ciencia suma aliados que potencian la rutina diaria: vitamina C por la mañana para defendernos del estrés oxidativo, buena hidratación y limpieza suave para que la barrera cutánea funcione. Son gestos simples que hacen que la piel responda mejor, se inflame menos y mantenga su luminosidad.
Cuidar la piel del rostro todos los días no es vanidad, es prevención. Es entender que lo que hacemos hoy impacta directamente en cómo envejecemos mañana. La ciencia ofrece las respuestas y la piel hace el resto. Un minuto de protector cada mañana puede ser la diferencia entre reparar daños o evitarlos. Y si algo aprendimos, es que lo que cuidamos, dura.














