
La canasta navideña sube 27%, ventas minoristas se desploman

Aumento de precios y caída del consumo
El golpe navideño de 2025 llegó antes del brindis. En un escenario atravesado por salarios aún corriendo por detrás de los precios y un consumo que se sostiene más por reflejo que por poder adquisitivo, la canasta navideña volvió a encarecerse un 27% interanual. La cifra no es un simple número de coyuntura: funciona como un termómetro del humor económico y de la capacidad real de compra de una clase media que hace meses depende de promociones, descuentos y financiamiento para no romper la alcancía familiar. Al mismo tiempo, las ventas minoristas mostraron un derrumbe del 9,1% mensual en noviembre y una baja del 4,1% interanual, consolidando un cuadro que combina precios más altos con menos volumen vendido. Un dilema clásico de economías tensionadas: la inflación no afloja y la demanda no tracciona.
La consultora Focus Market identificó aumentos desparejos dentro de la canasta de artículos navideños. Los pesebres subieron 28%, las luces cálidas LED 27% y las guirnaldas 18%. Algunos productos incluso se abarataron, como las coronas navideñas -17% y los sets de adornos -29%, un efecto atribuible a la mayor apertura importadora y a un mercado que empieza a reacomodar sus márgenes frente a la baja rotación. Pero la fotografía alimentaria es más dura: la torta española trepó 47%, el pan dulce con frutas 44% y el turrón blando 38%. Así, el valor promedio de los doce productos relevados saltó de $75.013 a $95.401.
El dato que subyace detrás de estas variaciones es central para entender la dinámica de consumo: el 74% de los hogares compra guiado por promociones y descuentos. No porque cazar ofertas sea una gimnasia moderna sino porque la elasticidad ingreso de los productos navideños se volvió extremadamente alta. El financiamiento es otro síntoma: 61% recurre a tarjeta de crédito, 27% espera el aguinaldo y 12% usa rendimientos de cuentas remuneradas. En un mercado comprimido, la estacionalidad dejó de ser una oportunidad festiva para convertirse en un ensayo general de supervivencia económica.
Desplome de ventas minoristas
En paralelo, la radiografía de ventas de CAME expone el envés de la misma moneda. Con una caída mensual del 9,1%, noviembre cavó un escalón más profundo en la tendencia descendente iniciada a mitad de año. Aunque el acumulado de 2025 aún exhibe un 3,4% positivo, la pendiente reciente marca otra cosa: el consumo esencial resiste, pero los bienes postergables se derrumban. El propio sector habla de un escenario de consumo dual -por un lado, compras estrictamente necesarias; por el otro, un freno casi total en rubros que dependen de expectativas y certidumbre-. El 60,1% de los comercios considera que no es un buen momento para invertir, una señal inequívoca de desconfianza sobre costos, demanda y horizonte regulatorio.
La política económica aparece, entonces, como el elefante en la habitación. La moderación parcial de precios en algunos bienes importados muestra que la apertura comercial puede suavizar categorías específicas, pero también expone una dependencia creciente del tipo de cambio y del stock disponible. En contraste, los alimentos, más sensibles a la cadena local y a las condiciones macro, continúan tensionados. El gobierno celebra un mercado más competitivo, pero la competencia sin demanda sostenida solo ordena para abajo: menos margen, menos inversión, menos ventas.
La combinación de canastas más caras y comercios que venden menos es un recordatorio incómodo: la economía real no responde a relatos voluntaristas. La gente compra cuando puede, no cuando se le promete que podrá. Y las Fiestas, que alguna vez funcionaron como válvula emocional y económica, hoy dejan a la vista un cuadro donde la austeridad no es una elección sino una imposición estructural.
El 2026 se proyecta mejor según el 48,6% de los comerciantes, aunque esa expectativa luce más como una apuesta a la estabilización que como un diagnóstico de recuperación firme.














