
Esos raros Agujeros negros intermitentes

Ciencia explicada a todos
Durante años, la imagen fue sencilla: dos galaxias chocan, el gas se desordena, corre hacia el centro y los agujeros negros supermasivos aprovechan la ocasión para crecer. Una especie de banquete cósmico asegurado. Pero el Universo, como suele pasar, resulta bastante más caprichoso.
Una investigación reciente basada en observaciones del Atacama Large Millimeter/submillimeter Array (ALMA) pone en duda esa lógica automática. El equipo, liderado por el astrónomo Makoto A. Johnstone, estudió siete sistemas de galaxias en plena fusión, cada uno con dos agujeros negros supermasivos separados por apenas unos miles de años luz. Todos tenían algo en común: enormes reservas de gas molecular frío, el material clave para alimentar a estos gigantes invisibles.
En teoría, ese gas debería caer hacia los agujeros negros y volverlos extremadamente brillantes. Cuando eso ocurre, los astrónomos hablan de núcleos galácticos activos: señales claras de que el agujero negro está “comiendo”. Sin embargo, las observaciones mostraron algo desconcertante. En muchos casos, pese a tener el combustible al alcance, los agujeros negros no parecían crecer ni brillar más de lo esperado.
La clave está en cómo se mueve ese gas. Las fusiones de galaxias no son procesos ordenados. El material no fluye como un río tranquilo, sino que se fragmenta en nubes densas, se mezcla con polvo y se vuelve turbulento. Ese desorden puede impedir que el gas atraviese las últimas distancias necesarias para caer en el agujero negro. No alcanza con que esté cerca: tiene que llegar en el momento justo y bajo condiciones muy específicas.
Al comparar sistemas donde ambos agujeros negros estaban activos con otros donde solo uno mostraba señales de alimentación, apareció otro patrón revelador. La actividad no es constante. Los agujeros negros parecen crecer en ráfagas breves, seguidas de silencios prolongados. Si se los observa durante una de esas pausas, pueden parecer inactivos aunque estén rodeados de gas listo para caer más adelante.
ALMA también permitió ver que algunos agujeros negros no están exactamente en el centro de los discos de gas que los rodean. Están desplazados, como si hubieran quedado corridos por la violencia gravitacional de la fusión. Esa pequeña desalineación basta para complicar aún más el flujo de material y volver el crecimiento todavía más irregular.
La conclusión es tan simple como fascinante: en el cosmos, tener recursos no garantiza usarlos. Las colisiones de galaxias siguen siendo claves para entender la evolución del Universo, pero el crecimiento de los agujeros negros depende del tiempo, del caos y de circunstancias muy finas. A veces, incluso con la mesa servida, el banquete no ocurre. Y eso nos recuerda que, a escala cósmica —y quizá también en la vida—, no todo depende de cuánto hay, sino de cuándo y cómo llega.




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