
La inflación bajó, pero las señales de julio anticipan un freno en la desaceleración
La inflación volvió a darle una buena noticia al Gobierno. El 1,9% de junio no solo representó la tercera desaceleración consecutiva desde el pico de 3,4% registrado en marzo, sino que además marcó el nivel más bajo de los últimos diez meses. En el Palacio de Hacienda el dato fue celebrado como una confirmación del rumbo económico. El problema es que el mercado ya empieza a mirar más allá de la foto de junio y aparecen señales que invitan a la cautela.
El indicador que más entusiasma al equipo económico es la inflación núcleo, que se ubicó en 1,6%. Ese componente elimina los factores estacionales y los precios regulados, por lo que suele considerarse el mejor termómetro para medir la tendencia de fondo. La expectativa oficial es llegar al año electoral con registros mensuales que comiencen con el número uno. Sin embargo, consolidar ese sendero será bastante más complejo que perforar esa barrera por única vez.
La prueba de fuego comienza en julio
Las proyecciones privadas muestran que el proceso de desinflación continúa, aunque con un ritmo más lento y algunos focos de tensión. El Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central prevé un IPC de 2% para julio, seguido de variaciones de 1,8% entre agosto y septiembre, 1,7% en octubre y noviembre y 1,8% para diciembre. De cumplirse ese escenario, la inflación anual de 2026 rondaría el 30%.
Algunas consultoras incluso estiman que hacia fin de año la inflación mensual podría acercarse al 1,5%. Pero detrás de esa tendencia aparecen factores que pueden alterar el recorrido.
Los primeros relevamientos de julio muestran que la desaceleración perdió intensidad. EcoGo proyecta una inflación general cercana al 2,2%, impulsada por el inicio de las vacaciones de invierno, que elevó los precios de pasajes, turismo y alojamiento.
Al mismo tiempo, Analytica detectó un incremento del 0,8% en alimentos y bebidas durante la primera semana del mes. Las mayores subas se concentraron en verduras y bebidas sin alcohol, mientras que carnes prácticamente no mostraron movimientos significativos y frutas registraron leves bajas.
LCG, por su parte, observó un comportamiento todavía más intenso. Su medición semanal reflejó un aumento del 2,4% en alimentos, explicado principalmente por incrementos de 4,3% en carnes y 5,7% en verduras, luego de varias semanas con variaciones moderadas.
El comportamiento de los alimentos resulta particularmente sensible porque continúa siendo el rubro con mayor incidencia sobre el presupuesto de los hogares, especialmente en los sectores de ingresos medios y bajos.
Más allá del corto plazo, los economistas coinciden en que la continuidad del proceso dependerá de varios factores. La disciplina fiscal, la política monetaria restrictiva y la estabilidad cambiaria aparecen como las principales herramientas para evitar un nuevo salto de precios. A eso se suman elementos externos, como la evolución del precio internacional del petróleo y la incertidumbre geopolítica, capaces de trasladar presión sobre combustibles y costos internos.
El Gobierno apuesta a que la baja de la inflación permita recomponer el salario real y, desde allí, impulsar una recuperación del consumo. Sin embargo, la economía vuelve a recordar una vieja enseñanza: reducir la inflación es una condición necesaria para crecer, pero no alcanza por sí sola. Los primeros movimientos de julio muestran que la batalla no terminó. Porque una inflación que baja es una buena noticia; sostener esa baja cuando empiezan a reaparecer las presiones será el verdadero examen del programa económico.




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