
La felicidad en Islandia: ahogados con antidepresivos

Sin embargo, parte de esa felicidad tiene respaldo farmacológico y es que en 2022 se consumieron 157.3 dosis diarias de antidepresivos por cada mil habitantes, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).
Ese contraste abre la conversación sobre qué entendemos por bienestar. Mientras el imaginario colectivo asocia felicidad con comunidad, hobbies, naturaleza o tiempo libre, la realidad muestra que para muchas personas la estabilidad emocional depende de medicación. El dilema es aún mayor si se consideran los efectos secundarios que, en ocasiones, no reciben la misma atención que los beneficios.
Investigaciones del Dr. Alexander Scharko, médico de la Johns Hopkins University School of Medicine, advierten que los ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina) —comúnmente usados para tratar depresión y ansiedad— pueden provocar disfunción sexual, incluso en personas jóvenes.
El psiquiatra Amir Levine, de la Columbia University, mencionó que los estudios clínicos suelen pasar por alto estos efectos secundarios, aunque impacten directamente la calidad de vida:
“Es una omisión sumamente lamentable en los estudios clínicos que se puede administrar un medicamento a un paciente y potencialmente alterar su vida sexual durante mucho, mucho tiempo”.
Por su parte, el escritor Daniel Bergner comparte la historia de Sean, joven de 22 años a quien le recetaron Celexa:
“Tenía los genitales entumecidos. Tres años después siento como si tocara mi codo, esa misma sensación”. Su médico le respondió: “Es imposible. Todo está en tu cabeza”.
Si los antidepresivos existen para mejorar el estado de ánimo, ¿por qué algunos de sus efectos terminan afectando la experiencia emocional y sexual de quienes los consumen? ¿Son realmente una solución definitiva o solo una contención momentánea?
No se trata de desacreditar tratamientos médicos —que salvan vidas—, sino de cuestionar por qué los efectos secundarios aún se discuten tan poco. Y si un país considerado “feliz” depende en gran medida de medicamentos para sostener ese estatus, tal vez sea momento de redefinir qué entendemos por bienestar.



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