
La industria avícola en jaque por entrada masiva de “pollo brasilero”

La caída de FATE y sus casi mil despidos dejó en evidencia el impacto de la apertura comercial sobre la industria manufacturera. Ahora el foco se desplaza hacia la producción avícola. Frigoríficos y procesadoras de pollo atraviesan una crisis que combina importaciones masivas desde Brasil, cierre de exportaciones y costos internos dolarizados. El resultado es una tormenta perfecta para un sector que emplea a miles de trabajadores en economías regionales.
Granja Tres Arroyos, la principal procesadora avícola del país, enfrenta un escenario crítico. Tras absorber otras plantas y consolidar su posición, la empresa se encuentra presionada por el ingreso creciente de pollo brasileño que llega a precios inferiores a los locales. Con energía cara, insumos atados al dólar y un tipo de cambio que no acompaña la estructura de costos, la competencia externa opera como un factor de desarticulación productiva.
El problema excede la lógica empresarial. En Concepción del Uruguay, donde se ubica el frigorífico más grande del país, la planta llegó a emplear cerca de 1.500 trabajadores. Hoy ronda los 700. En los últimos meses se registraron despidos y retiros voluntarios sin cancelación plena de indemnizaciones. En paralelo, el sector anticipa la desafectación de más de 450 trabajadores entre distintas plantas si las exportaciones no se reactivan en el corto plazo.
Apertura, costos internos y riesgo regional
La situación se agrava por la suspensión de exportaciones hacia Europa a raíz de restricciones sanitarias vinculadas a la gripe aviar. En un negocio donde la venta externa equilibra márgenes, la pérdida de ese mercado profundiza el desequilibrio financiero. La apertura comercial amplifica el impacto: el ingreso de pollo importado presiona los precios internos y reduce la capacidad de sostener empleo formal.
El concepto de dumping deja de ser una abstracción técnica cuando la competencia externa se produce en un marco de asimetrías de costos. Brasil combina escala productiva, financiamiento más accesible y condiciones logísticas favorables. La industria local enfrenta tarifas energéticas elevadas y presión tributaria. La ecuación resulta desfavorable.
El caso de Cresta Roja refleja una trayectoria de inestabilidad prolongada. Tras cambios de control y reestructuraciones, la empresa vuelve a transitar un escenario de despidos y amenaza de cierre. La pérdida de empleo industrial en una ciudad de 80 mil habitantes no se compensa con pequeños comercios o rotiserías que surgen como alternativa. El reemplazo del empleo formal por ocupaciones de subsistencia reduce masa salarial y consumo local.
Desde la perspectiva de la economía política, el modelo privilegia la disciplina fiscal y la apertura como herramientas de estabilización. Sin una política industrial que contemple la estructura de costos y la competencia regional, sectores intensivos en empleo quedan expuestos. La industria avícola no compite solo por eficiencia, compite en un terreno donde las reglas macroeconómicas determinan ganadores y perdedores.
La crisis del pollo no constituye un episodio aislado. Se inscribe en una secuencia donde la manufactura pierde densidad y el empleo formal retrocede. Cuando una planta cierra, no solo se detiene una línea de producción. Se altera el tejido social de una ciudad entera. El debate no gira en torno a proteger ineficiencias, sino a definir si la Argentina aspira a sostener industria con empleo formal o acepta una especialización donde la importación sustituye producción. Esa decisión, más que económica, es política.














