
El 61% de los jóvenes vulnerables no se identifica con ningún dirigente y deja de ser bastión libertario
Durante un tiempo, el voto joven de los barrios populares fue presentado como una reserva natural del fenómeno libertario. Allí donde el peronismo hablaba con códigos envejecidos y la política tradicional llegaba cargada de intermediarios, Javier Milei ofrecía bronca, ruptura y una promesa sencilla: dinamitar un sistema que no había cumplido. Pero el experimento entró en una zona mucho más incómoda. Hoy, el 61% de los jóvenes vulnerables del Conurbano no se identifica con ningún dirigente ni espacio político. Ya no son de Milei, pero tampoco volvieron al peronismo. Son tierra en disputa.
El dato surge de un relevamiento del Instituto Universitario CIAS, vinculado a la Compañía de Jesús, realizado entre mayo y junio de 2026 sobre 964 jóvenes de 16 a 24 años residentes en barrios populares del Área Metropolitana de Buenos Aires. El trabajo no describe apatía pura. Describe algo más difícil para cualquier fuerza política: una generación que mira la oferta disponible y no encuentra a nadie digno de confianza.
La desafección tiene una base material demasiado concreta como para reducirla a un problema de comunicación. El 75% considera que la economía empeoró durante los últimos doce meses. Apenas el 8% percibe una mejora. Seis de cada diez hogares debieron recortar gastos corrientes y cuatro de cada diez redujeron directamente el consumo de alimentos. También hubo ajustes en ropa, calzado, servicios, recreación y salidas.
La escena cotidiana ayuda a entender el desplazamiento. No se trata de jóvenes discutiendo índices macroeconómicos. Se trata de pibes que ven a sus familias comprar menos comida, postergar una factura, pedir dinero prestado o aceptar trabajos sin estabilidad. La promesa libertaria de ascenso mediante esfuerzo individual empezó a chocar con una economía donde el esfuerzo muchas veces sólo alcanza para sobrevivir.
Del bastión libertario a una generación sin dueño
El 57% de los jóvenes consultados afirmó que en su hogar fue necesario pedir plata prestada o tomar un crédito para cubrir gastos cotidianos. La modalidad predominante no pasa por bancos ni por créditos para comprar una computadora o iniciar un emprendimiento. El 68% recurrió a familiares o amigos, el 39% a prestamistas del barrio, el 21% a aplicaciones o billeteras virtuales y el 18% a tarjetas de crédito.
Ese mapa de endeudamiento dice más que cualquier discurso. Cuando una familia necesita pedirle dinero a un hermano, a un vecino o a un prestamista para comer o pagar servicios, la economía deja de ser una discusión abstracta. También cambia la relación con la política. El Gobierno puede explicar que bajó la inflación, pero el joven que ve vaciarse la heladera aprende a medir el éxito con otra vara.
Milei había logrado penetrar en esos sectores precisamente porque interpretó una frustración real. Habló contra los privilegios, la casta y la burocracia que prometía soluciones desde hacía décadas. Para muchos jóvenes de barrios populares, el libertarismo no fue inicialmente una identidad doctrinaria. Fue un voto de ruptura contra un sistema que no les ofrecía empleo digno, seguridad, educación estable ni posibilidades de progreso.
La ruptura, sin embargo, también puede romperse. Cuando el outsider se transforma en Gobierno, deja de competir solamente contra la memoria de quienes fracasaron antes. Empieza a ser evaluado por sus propios resultados. Y allí aparece la paradoja del presente: el oficialismo perdió la adhesión automática de una parte del voto joven, pero la oposición no logró recuperarlo.
El 61% que no se identifica con nadie no es necesariamente indiferente. Es un electorado sin dueño, más desconfiado que desmovilizado. Puede abstenerse, votar en blanco, cambiar de opción sobre el final o acompañar a una figura que todavía no apareció. Para la política, ese territorio es tan atractivo como peligroso. No responde a las viejas lealtades y tampoco parece dispuesto a firmar cheques en blanco.
Las preocupaciones que aparecen en el estudio explican por qué. Los jóvenes mencionan empleo digno, violencia barrial, consumo problemático y precariedad educativa. Son asuntos que rara vez ocupan el centro de la discusión partidaria cotidiana. Mientras la dirigencia debate candidaturas, internas y consignas identitarias, buena parte de esa generación intenta saber si conseguirá trabajo, si podrá terminar de estudiar o si su barrio seguirá siendo controlado por economías ilegales.
La informalidad es el paisaje común. Trabajos sin aportes, changas, aplicaciones, pequeños emprendimientos sin crédito y jornadas extensas por ingresos bajos. En ese mundo, la promesa del mérito individual tiene atractivo, pero también un límite evidente. El mérito necesita un piso. Sin educación, seguridad, transporte, salud y empleo, la libertad termina pareciéndose demasiado a quedar solo frente al problema.
El peronismo debería tomar nota antes de celebrar la pérdida de apoyo libertario. Nada indica que esos jóvenes estén regresando automáticamente a sus antiguas referencias. Muchos crecieron después del ciclo más expansivo del kirchnerismo, no tienen memoria propia de movilidad social y asocian a la dirigencia tradicional con estructuras que tampoco lograron modificar su realidad.
Para la oposición, la oportunidad existe, pero exige algo más que denunciar el ajuste. Necesita construir una propuesta capaz de hablar de trabajo privado, seguridad, formación, consumo problemático, vivienda y futuro sin tratar a los jóvenes como una categoría de campaña. También debe evitar la tentación de creer que el enojo con Milei equivale a reconciliación con el peronismo.
El oficialismo conserva otra ventaja: fue la última fuerza capaz de interpretar el malestar generacional en términos políticos. Aunque hoy haya perdido parte de ese capital, todavía puede intentar reconstruirlo si logra ofrecer mejoras concretas. Pero si insiste en explicar cada dificultad como responsabilidad individual o como un sacrificio necesario, corre el riesgo de profundizar la distancia con una generación que ya aprendió a desconfiar de las promesas.
El estudio del CIAS no anuncia un nuevo ganador. Anuncia un vacío. Y en política los vacíos nunca permanecen demasiado tiempo sin dueño. Alguna fuerza, algún dirigente o incluso alguna identidad todavía inexistente terminará ocupando ese espacio. La pregunta no es quién posee hoy el voto joven del Conurbano. La respuesta ya está: nadie. La verdadera pregunta es quién tendrá la inteligencia de comprender por qué lo perdió el libertarismo y por qué todavía no logró recuperarlo la oposición.


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