Imprenta Morvillo: trabajadores resisten ante la destrucción industrial

La histórica imprenta de Avellaneda lleva medio año paralizada tras su cierre abrupto. Los trabajadores sostienen la toma del predio, reclaman la intervención provincial y denuncian el impacto de las políticas de ajuste nacional sobre una de las gráficas más importantes del Conurbano Sur.

Región25/08/2025
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El 25 de febrero quedó marcado en la memoria de Avellaneda. Ese día, más de doscientas familias recibieron la noticia de que la imprenta Morvillo, orgullo industrial del sur bonaerense, cerraba sus puertas sin explicación convincente. Medio año después, la historia no quedó congelada: los trabajadores decidieron permanecer en la planta, sosteniendo una toma que combina resistencia, angustia y la esperanza de volver a encender las máquinas.

En el predio de la Avenida Pienovi, las rotativas de última generación siguen intactas, como esperando una orden de arranque. Los empleados —hombres y mujeres en su mayoría de entre 45 y 55 años— saben que la reinserción laboral es casi imposible en un mercado saturado y golpeado por despidos masivos. Por eso insisten: “lo que queremos es trabajar”. Y apuntan a la Provincia para que intervenga y garantice la continuidad productiva, convencidos de que la planta podría imprimir desde manuales escolares hasta boletas electorales.

La vida cotidiana en la gráfica se convirtió en una mezcla de changas afuera y guardias adentro. Cada turno en la toma es una forma de defender no solo un salario, sino también décadas de saber acumulado. Porque Morvillo no era cualquier imprenta: era un símbolo de la capacidad productiva del Conurbano Sur.

 

Una industria herida y un reclamo que interpela a todos

Lo que ocurre en Avellaneda es apenas un reflejo de un problema mayor. La industria gráfica atraviesa una crisis arrastrada por años de caída de consumo y, más recientemente, profundizada por las políticas de ajuste del gobierno nacional. La reducción de la demanda de hipermercados y grandes empresas —clientes históricos del sector— y el aumento de los costos mayoristas, dejaron a las gráficas operando a menos de la mitad de su capacidad.

El caso Morvillo expone con crudeza esas tensiones. Los trabajadores denuncian que nunca se les explicó de manera transparente el motivo del cierre. Mientras, el proceso judicial de quiebra avanza y en septiembre está previsto el remate del inmueble. Temen que el “cuerpo” de la empresa termine despedazado por especuladores inmobiliarios, mientras ellos siguen reclamando ser escuchados como acreedores privilegiados.

En paralelo, buscan sumar su voz a un bloque de lucha más amplio. En estos seis meses participaron de plenarios sindicales, marchas en defensa de la salud pública y movilizaciones masivas como la de San Cayetano. Porque entienden que no se trata solo de su fábrica: el Conurbano está marcado por miles de cierres de pymes y despidos en áreas estratégicas como el INTI, el Garrahan o Vialidad Nacional.

 

De emblema industrial a símbolo de resistencia

Fundada en 1974, Anselmo Morvillo se convirtió en pocas décadas en una de las gráficas más reconocidas del país. Sus 13.500 metros cuadrados en Avellaneda alojaban maquinaria de vanguardia y daban trabajo estable a más de 200 familias. Con clientes que iban desde cosméticas hasta grandes cadenas comerciales, la empresa llegó a crecer un 70% en la segunda mitad de los 90.

Ese legado es el que hoy defienden los trabajadores. No se resignan a que la historia termine con candados en los portones y vidrios rotos. Saben que detrás de la marca hay una comunidad entera que se sostiene en la cultura del trabajo y en la memoria productiva del Conurbano.

El reclamo hacia el Estado provincial no es un capricho: apunta a que se reconozca el valor estratégico de una planta capaz de abastecer demandas esenciales en materia educativa, institucional y cultural. Una alternativa sería avanzar hacia una cooperativa, pero los trabajadores insisten en que el gobierno bonaerense tiene la posibilidad de articular una salida más sólida.

Mientras tanto, siguen ahí. Entre mates, reuniones y guardias nocturnas, Morvillo se transformó en un espacio de resistencia que interpela al barrio y a toda la Provincia.

A seis meses del cierre, lo que ocurre en Avellaneda no es solo un conflicto laboral: es la muestra viva de cómo las políticas macroeconómicas impactan en la vida de los barrios. Morvillo podría estar imprimiendo cuadernos para escuelas o afiches para campañas de salud, pero sus máquinas permanecen mudas. Lo que se escucha, en cambio, es la voz de los trabajadores que insisten en algo tan básico como justo: el derecho a trabajar.

La historia aún no está escrita. Dependerá de la capacidad de articular comunidad, Estado y trabajadores para que la gráfica no termine convertida en un recuerdo más de lo que alguna vez fue el músculo productivo del Conurbano Sur.

Una industria en jaque

La crisis de Morvillo no es un caso aislado: la industria gráfica en todo el país atraviesa un momento límite. En los últimos dos años, el consumo masivo se desplomó y golpeó directamente a sus principales clientes —supermercados, hipermercados y grandes cadenas—. El INDEC registró durante 2024 una caída de casi el 15% en las ventas de este sector, con un diciembre marcado por una baja interanual del 14,5% y un retroceso de más del 13% respecto del mes anterior. En los números fríos, la facturación nominal subió más del 70%, pero la inflación licuó ese crecimiento y dejó un volumen real de operaciones mucho menor.

Para las imprentas, la situación fue doblemente crítica: menos encargos y costos cada vez más altos. Los precios mayoristas crecieron un 1,5% solo en enero de 2025 y acumularon un aumento interanual cercano al 44%, lo que encareció insumos clave como papel, tintas y repuestos. El margen de rentabilidad se achicó al mínimo y muchas empresas operaron a pérdida.

El rubro de “Edición e impresiones” terminó 2024 con una caída del 12,4% y trabaja a menos de la mitad de su capacidad instalada. Esa cifra desnuda un deterioro estructural: máquinas modernas que permanecen apagadas y trabajadores altamente calificados que se quedan sin lugar donde volcar su oficio.

Morvillo simboliza ese colapso. Pero detrás de cada cierre hay una misma trama: políticas económicas que priorizan el ajuste sobre la producción y que, en barrios como los de Avellaneda, se traducen en persianas bajas, changas mal pagas y una incertidumbre que cala hondo en la vida cotidiana.

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