
Después del cepo: dolarización exprés que desangra al Central

El dólar el refugio eterno
Cuando el Gobierno liberó el cepo el 11 de abril de 2025, prometió el comienzo de una “nueva normalidad monetaria”. Lo que consiguió fue una carrera hacia el dólar que ni los manuales de estabilización más optimistas se animaban a prever. En casi 6 meses, los argentinos compraron y depositaron más de u$s 34.400 millones.
El fenómeno es doble. Por un lado, una dolarización de supervivencia: las empresas y familias con algo de resto corren a refugiarse en divisa fuerte. Por otro, una licuación del peso: el dinero local perdió sentido como reserva de valor y como instrumento de confianza.
La city bautizó esta etapa como “competencia de monedas”, pero lo que hay es una competencia por escapar. Los fondos se mueven hacia el dólar bancario, el dólar billete o el colchón literal. Los más prudentes lo dejan en depósitos a la vista; los más desconfiados lo retiran y lo guardan.
Desde la perspectiva política, la medida llegó en el peor momento: escándalos, ruido electoral y un programa económico que perdió horizonte. En ese contexto, la confianza se evaporó. La dolarización no fue ideológica; fue defensiva. Nadie confía en que el esquema de bandas, alimentado por dólares del Tesoro de EE. UU., pueda sostenerse sin auxilio externo.
El Banco Central, que debería ser árbitro, se volvió espectador de una sangría: la formación de activos externos netos promedió u$s 3.600 millones mensuales entre abril y agosto. Cada dólar que sale por ventanilla es un voto de censura a la política económica.
Los plazos fijos —única fuente de demanda de pesos que sobrevive— pagan tasas reales positivas de hasta 2 % mensual. Pero ese rendimiento es un espejismo: encarece el crédito, seca la plaza y detiene la actividad. Un país que premia el ahorro inmóvil y castiga la inversión es un país en pausa.
Los dólares de la calma y riesgo
El Gobierno celebra que, a diferencia de otras crisis, los depósitos en dólares no se fugan del sistema. Es cierto: gran parte del dinero sigue en los bancos. Pero ahí anida un nuevo fantasma. La carterización de billetes verdes en cuentas locales concentra el riesgo: basta un rumor o un tuit para que miles decidan “pasar por caja”.
Washington, mientras tanto, mira el tablero. Las ventas de dólares del Tesoro norteamericano para “dar liquidez” a la plaza argentina sostienen artificialmente un tipo de cambio que flota con rueditas. Si Milei pierde el sostén político o el orden fiscal, ese auxilio se corta. Y con él, la calma cambiaria.
El agregado monetario M2 cayó 5 % real desde agosto. Los pesos desaparecen, no porque se los guarde sino porque nadie los quiere. El sistema bancario funciona como intermediario de una transición sin rumbo: administra dólares que no le pertenecen y pesos que nadie demanda.
En esta economía, los que tienen compran dólares; los que no, los miran subir. La brecha social se mide ya en divisa extranjera.
El plan oficial confiaba en que la salida del cepo marcaría el inicio de la confianza. Terminó confirmando lo contrario: el país puede abrir las cuentas, pero no puede cerrar el miedo.
El dólar no volvió por nostalgia: volvió porque el peso se quedó sin relato. Y mientras el Gobierno celebra depósitos récord, la gente arma su propio corralito en casa. Porque en la Argentina, cuando el Estado promete estabilidad, el ciudadano ya sabe la traducción: es hora de comprar dólares.


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