
La soledad según los algoritmos

Por Vanina Sosa
Una vez hubo bares. Y en esos bares había gente. Gente que discutía, que cantaba, que lloraba, que se iba y que volvía. Hoy hay grupos de WhatsApp con 87 integrantes que no se escriben hace meses, videollamadas que duran lo justo para decir “después te cuento”, y playlists para ahogar el silencio. Somos una generación que confunde conexión con compañía y presencia con señal de Wi-Fi.
La soledad, dicen los tecnócratas del alma, es la nueva pandemia. No la soledad de los monjes ni de las poetas que buscan su tiempo propio —esa solitud que el filósofo Andrés Ortega rescata en su libro Soledad sin solitud— sino la otra, la del scroll infinito, la del cuerpo que se diluye entre pantallas. Nunca hubo tantos medios para comunicarnos y, sin embargo, nunca fue tan fácil desaparecer sin que nadie lo note.
Hace varias décadas atrás el Parakultural, Cemento o el Teatro del Perro eran lugares de fuga y de encuentro. No había likes, pero sí mirada. Te cruzabas con alguien, te olía el pelo a humo de tabaco y esa sola mezcla de ruido y sudor valía más que mil notificaciones. Hoy la tribu cultural anda dispersa: entre algoritmos, festivales esponsoreados y chats fantasma donde nadie escucha.
La soledad contemporánea es un cuarto con el celular cargando. Tiene nombre de usuario, pero no voz. Ortega la describe como la pérdida de la “solitud”, esa capacidad de estar con uno mismo sin ruido ni miedo. Y ahí está el nudo: las máquinas nos enseñaron a temer al silencio, cuando el silencio era el lugar donde antes nacían las canciones.
La IA promete cuidarnos, acompañarnos, incluso hablarnos cuando nadie más lo haga. Pero esa compañía es un eco, no un abrazo. Ya hay robots que conversan con ancianos, algoritmos que simulan empatía y apps que juran conocerte mejor que tu madre. Es el capitalismo afectivo: convertir la necesidad humana de amor en producto de suscripción mensual.
En las calles, los bares de barrio todavía resisten. Hay jubilados que siguen pidiendo “lo de siempre”, jóvenes que ensayan poesía en plazas, chicas que arman ferias con vinilos y fanzines. Pero algo cambió. El otro se volvió una excepción, y estar juntos se transformó en un acto político. El cuerpo —ese escándalo que las pantallas no pueden digitalizar— es el último bastión contra la desaparición.
Pienso en Teresa, una mujer mayor que contó que “la soledad te envuelve y nadie está preparado para ella”. Y pienso también en los pibes que viven conectados 24/7 pero que no saben cómo mirar a los ojos. La soledad, al final, no distingue generaciones: atraviesa a todos como un rayo azul de pantalla.
La cultura debería ser el antídoto, pero también ella se contagió. El arte se volvió algoritmo, los festivales, ranking, y las redes, escenario. Cada artista pelea por atención en un océano de ruido. Los que antes escribían para decir algo, ahora publican para ser vistos. Nos olvidamos de escuchar.
Sin embargo, todavía hay grietas por donde entra la vida: una charla después de un recital, un mate compartido en una feria, una nota manuscrita, un abrazo fuera de foco. Pequeños gestos analógicos en un mundo que finge ser eterno pero vive recargando batería.
Quizás de eso se trate la resistencia cultural hoy: de reaprender a estar solos sin sentirnos vacíos, de recuperar esa “solitud” que no aísla sino que reordena, que no nos separa del mundo, sino que nos devuelve a él.
La soledad no se cura con Wi-Fi ni con inteligencia artificial. Se cura con humanidad. Con el temblor de otra voz al lado, con la piel que interrumpe el algoritmo, con la ternura que ninguna app —por más “inteligente” que sea— podrá programar jamás.







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