
Milei faltó al Mercosur y eligió reforzar su eje con Estados Unidos e Israel
Javier Milei decidió no viajar a la Cumbre del Mercosur en Paraguay y el gesto dijo bastante más que cualquier comunicado oficial. La Casa Rosada habló de “temas de agenda” y señaló la jura de Diego Santilli como jefe de Gabinete.
Pero mientras en Asunción los presidentes del bloque discutían el avance del acuerdo Mercosur-Unión Europea, el mandatario argentino eligió otro libreto: reunión con Flavio Bolsonaro, respaldo a los Acuerdos de Isaac y presencia en los festejos por los 250 años de la Independencia de Estados Unidos en la embajada norteamericana.
En política exterior, las ausencias también votan. Y Milei volvió a votar por un alineamiento explícito con Washington, Israel y una red de dirigentes conservadores de la región, antes que por una diplomacia de equilibrios, comercio y construcción de intereses diversos.
La diplomacia como batalla cultural
El Gobierno libertario no disimula su apuesta. Milei busca presentarse como jefe regional de lo que llama “las fuerzas de la libertad”, una constelación de liderazgos de derecha, conservadores y anti establishment que dialoga con Donald Trump, Nayib Bukele, sectores bolsonaristas y nuevos referentes latinoamericanos.
El problema no es tener afinidades. Todos los gobiernos las tienen. El asunto es cuando la política exterior deja de funcionar como herramienta de Estado y se convierte en una prolongación de la interna ideológica global. Allí la Argentina corre el riesgo de confundir estrategia con tribuna.
La cumbre del Mercosur tenía un tema pesado sobre la mesa: la implementación del acuerdo con la Unión Europea, una discusión que involucra comercio, inversiones, reglas productivas y posicionamiento internacional. Es decir, aquello que debería interesarle a cualquier país que necesita dólares, mercados y previsibilidad. Milei, en cambio, priorizó una agenda de afinidad política.
Esa decisión se suma al alineamiento cada vez más cerrado con Israel. En la Conferencia Latinoamericana de la Fundación Aliados de Israel, el Presidente defendió los Acuerdos de Isaac, pidió una coalición regional contra el terrorismo y el antisemitismo, y sostuvo que “no hay neutralidad posible”. También recordó los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA, que dejaron 114 víctimas fatales, y volvió a ubicar a Irán como amenaza central para Occidente.
La condena al terrorismo no admite ambigüedades. Pero la diplomacia de un país periférico tampoco puede reducirse a elegir amigos emocionales y enemigos absolutos. Argentina necesita vender, negociar, atraer inversiones, cuidar mercados y no dinamitar puentes por entusiasmo doctrinario.
El punto realpolitik es simple: Estados Unidos e Israel pueden ser aliados relevantes, pero no reemplazan al Mercosur, a Brasil, a China, a Europa ni al resto del tablero. La política exterior no es un club de fans. Es una administración fría de intereses nacionales.
Milei parece convencido de que la alineación total le dará respaldo financiero, geopolítico y simbólico. Puede ocurrir. Pero también puede dejar a la Argentina encerrada en una agenda ajena, donde cada gesto sirve más para la épica personal del Presidente que para ampliar las opciones del país.
Mientras otros presidentes negocian bloques, mercados y acuerdos, Milei elige construir familia ideológica. La diferencia no es menor: un país puede tener amigos, pero no puede darse el lujo de tener una sola puerta de entrada al mundo. Porque cuando la política exterior se vuelve fanática, la factura no la paga el relato: la paga la economía real.


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