
Homo Argentum rompe récords, darle descanso a la grieta

Por Camila Roncal (Cultura, tendencias y mucho glitter)
Seis de cada diez personas que fueron al cine eligieron esta película de Mariano Cohn y Gastón Duprat, encabezada por Guillermo Francella, lo que habla de una conexión inmediata entre el público y una obra que no pasó desapercibida ni antes de su estreno.
Porque la historia de Homo Argentum empezó mucho antes de la alfombra roja. Entre trailers, discusiones en redes y expectativa mediática, el filme ya era tema de conversación en bares, sobremesas y grupos de WhatsApp. El resultado en taquilla confirmó lo que se intuía: el público buscaba una película nacional capaz de interpelar, divertir y también incomodar.
La grieta que intenta filtrarse
El magnetismo de Francella está fuera de discusión. Actor popular, figura histórica de la televisión y el cine, supo reinventarse entre la comedia y el drama. Pero su apoyo explícito al presidente Javier Milei generó ruido: para algunos, suficiente motivo para cuestionar la película; para otros, una provocación más en un país que tiende a politizarlo todo.
Sin embargo, reducir el fenómeno a esa polémica sería injusto. El arte no puede ser evaluado solo por la orientación política de quien lo protagoniza. Lo que ocurre en la pantalla es otra cosa: un pacto entre obra y espectador donde lo que cuenta es la emoción, la risa, la sorpresa. Y en ese terreno, Homo Argentum cumple con creces.
El filme es coral, arriesgado y variado. Del episodio “La novia de papá”, con Dalma Maradona, Gastón Soffritti y Milo J, al tono íntimo de “Piso 54” con Eva De Dominici; de la potencia de Migue Granados al guiño internacional de “Troppo Dolce”, rodado en Sicilia con actores italianos de trayectoria. Cada historia suma capas a un mosaico que refleja contradicciones, excesos y ternuras de lo argentino.
Entre la pantalla y la sociedad
El cine siempre fue espejo de lo que pasa afuera. Homo Argentum no es excepción: toca fibras reconocibles, juega con la ironía y a la vez convoca a un público diverso. Esa transversalidad explica el éxito: no se trata solo de un producto de calidad, sino de un fenómeno cultural que se metió en la agenda social.
La discusión en torno a Francella y su postura política expone otro rasgo típico de la Argentina: la imposibilidad de separar, muchas veces, la obra del artista. Pero el millón de espectadores marca un contrapunto: la mayoría eligió ver la película más allá de simpatías o antipatías ideológicas. Lo que pesó fue la experiencia en la sala, la risa compartida, el comentario al salir del cine.
Homo Argentum logró lo que muy pocas producciones nacionales alcanzan: ser un hecho cultural masivo. No solo por la taquilla récord, sino porque puso al cine argentino en el centro de la conversación pública. En un país atravesado por la polarización, este estreno recuerda que el arte no se mide con el mismo metro que la política.
El público vota con la entrada en la mano, y cuando una película emociona, hace reír o interpela, esa elección tiene un valor propio. Homo Argentum demuestra que el cine argentino sigue vivo, potente y capaz de convertirse en fenómeno social. Y que, al final del día, ninguna grieta puede apagar la fuerza de una sala oscura llena de gente dispuesta a dejarse llevar por una historia.


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