Pichetto versus Galperin: el libre mercado se pelea en X

El viejo zorro de la política y el dueño de Mercado Libre cruzaron fuego por las plataformas chinas Shein y Temu. Pichetto pide aranceles, Galperin responde con competitividad, pero detrás del cruce se esconde el dilema real: un mercado argentino invadido por precios imposibles y consumidores que votan con la billetera.

Política10/11/2025
nota

Shein, Temu y el nuevo proteccionismo criollo

 

Miguel Ángel Pichetto, que ya sobrevivió a todas las generaciones de la política argentina, eligió Twitter —o X, según el manual del dueño de Tesla— para lanzarle una advertencia pública al empresario más poderoso del país: Marcos Galperin. No fue sobre política, fue sobre lo que más duele en el modelo económico: la invasión china. “Fui el primero en hablar de gravar fuertemente a Shein y Temu”, escribió Pichetto. Traducido: si dejamos que entre cualquier cosa a precio de remate, no queda industria, ni empleo, ni recaudación.

La réplica llegó con tono zen. Galperin no quiso mostrarse del lado del proteccionismo y contestó que no está “preocupado”, que competirá con las plataformas asiáticas como ya lo hizo en otros países. El mensaje fue claro: Mercado Libre no va a pedir intervención estatal. Pero su propia empresa, a través de su presidente local, ya había reclamado regulaciones “igualitarias”. La contradicción no es menor.

Shein y Temu rompieron el tablero del comercio digital con una lógica simple: precios imposibles y logística eficiente. Ofrecen vestidos a cinco dólares, zapatillas a diez y envío gratis. Con un dólar estable y una inflación que todavía marca el pulso de los sueldos, el combo es imbatible. El problema no es si la prenda dura dos o cuatro años. Es que funciona, y eso alcanza.

En ese terreno, Pichetto olió sangre. Representa a una generación de políticos que entiende que el “libre mercado” sin regulaciones termina siendo libre solo para el más grande. Su discurso suena clásico, casi peronista de manual: cuidar la producción nacional. Pero en realidad refleja algo más actual: el miedo de toda la clase empresaria argentina a ser barrida por el tsunami de comercio chino.

El tablero se desacomodó. Mercado Libre no puede quedar como un lobbista anti-competencia, pero tampoco puede mirar cómo las plataformas asiáticas se comen su negocio. En la superficie, Galperin defiende el libre mercado; por debajo, su equipo técnico pide reglas claras para frenar la sangría. Es el doble juego de quien sabe que la globalización ya no tiene árbitro.

La irrupción de Shein y Temu no solo altera la economía digital. También golpea en la política. Cada caja que llega a la puerta de una casa de barrio muestra que el consumo existe, aunque sea importado. Para una sociedad que aprendió a sobrevivir a los aumentos, esas ofertas no son un atentado, son una bendición. Y ahí está el problema: cuando el consumidor se convierte en importador directo, la economía nacional pierde control de su propia circulación.

En esa tensión, Milei juega su carta favorita: no intervenir. Pero un dólar planchado funciona como aliado silencioso de los importadores. Mientras tanto, las fábricas locales sienten el golpe. El libre mercado, sin amortiguadores, se convierte en una guerra de precios donde el que tiene escala gana y el resto se funde.

La pelea Pichetto-Galperin no es un episodio menor en X. Es la versión 2025 del viejo dilema argentino: cuánto Estado y cuánto mercado. Lo que cambió es el escenario. Ya no se discute en el Congreso ni en la UIA, se discute en redes, con emojis y trending topics. Pero los efectos son los mismos: la presión sobre el empleo, el desarme del tejido productivo y la dependencia del consumo importado.

Mientras los políticos se cruzan y los empresarios tuitean, el ciudadano medio sigue eligiendo con el dedo en la pantalla. Porque entre un vestido a 5 dólares y otro nacional a 35 mil pesos, no hay ideología que aguante. En la Argentina de hoy, el mercado no se debate, se scrollea.

Pichetto sabe que no hay voto más poderoso que el de la góndola. Galperin también. En el fondo, los dos hablan del mismo país: uno que quiere vender, otro que necesita comprar. Y mientras la política discute regulaciones y el capital busca rentabilidad, Shein y Temu hacen lo que mejor saben: llenar los huecos de un libre mercado que ya no tiene patria.

 

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