Milei, el Presidente que gobierna a los gritos

Con 1.589 insultos publicados en dos años, Javier Milei no solo encabeza el ranking de agresores digitales entre políticos reales: es el principal provocador con cargo institucional.
Actualidad25/07/2025
nota 1

Redes, insultos y poder digital

 

 

Trolls, amplificadores y empresarios mileistas completan un ecosistema violento que degrada la política.

 

A Javier Milei no se lo llevan los demonios. Él los invoca. Los alimenta. Los suelta. Y después, si alguno muerde más de la cuenta, lo celebra. En las redes sociales el Presidente encontró su escudo, su espada y su púlpito. Desde allí, entre posteos y retuits, gobierna a gritos, insulta a quien se cruce y convierte la agresión en un recurso tan político como el veto. Y lo hace desde su cuenta oficial, sin intermediarios.

En los últimos dos años, publicó más de 1.589 insultos. No es un número menor: lo convierte en el usuario no troll más agresivo del país, apenas por debajo de cinco perfiles anónimos que se dedican a hostigar y difamar por encargo. Pero él no es un anónimo. Es el Presidente.

En el ecosistema digital argentino hay de todo: trolls puros, provocadores de traje caro, amplificadores con estética de influencer y miles de espectadores pasivos que solo miran. Pero hay algo que une a todos los engranajes de este sistema: una minoría muy intensa que dicta el clima. Y Milei es su faro. Su lenguaje, su violencia y su lógica se instalaron como norma.

Lejos de quedar como desliz ocasional, el insulto es en Milei una estética y una metodología. Lo usó para maltratar a su vicepresidenta, a sus exministros, a periodistas, gobernadores, artistas, empresarios y ciudadanos de a pie. La lista de víctimas es tan extensa como sus enemigos imaginarios. “Bruta traidora” le dijo a Victoria Villarruel. “Enferma mental” a una periodista. “Zurdo resentido”, “parásito”, “burro”, “rata”, “cobarde”, “asesino de la inflación” y una montaña de otras joyas que administra a gusto.

No está solo. Lo rodea una corte de provocadores que juegan al límite, amplifican el discurso y disciplinan. Están Ramiro Marra, Nik, José Luis Espert, Lucas Llach, Laura Alonso, Fernando Iglesias y el inefable Darío Nieto. También el director libertario Santiago Oria, que filma el delirio, y el siempre disponible Miguel Boggiano.

Y como no podía faltar, el empresario de cabecera: Marcos Galperín. CEO de Mercado Libre y CEO emocional del mileísmo. Galperín no insulta como un troll, pero provoca con precisión milimétrica. Usa las palabras “kirchnerismo” y “comunismo” como insultos sociales, señala con memes, retuitea ataques y posa como garante de una superioridad moral capitalista. Es el provocador perfecto: tiene legitimidad por fuera de las redes. Su violencia es elegante y su impacto masivo.

Este fenómeno no es inocente. Tiene lógica y objetivos. Milei y sus soldados digitales entendieron que en un escenario de hiperconectividad emocional, el insulto gana atención. Y donde hay atención, hay poder. Por eso el troll activa, el provocador legitima y el amplificador viraliza. Es una maquinaria perfectamente aceitada que rompe la indiferencia y convierte cada agresión en un acto político.

En este esquema, el Estado no comunica: reacciona. El Presidente no gobierna con ministros, sino con memes. El programa de gobierno es un feed. Y la política, un ring de insultos coreografiados.

Pero el riesgo es enorme. Cuando desde el poder se naturaliza la violencia, la sociedad aprende a agredir. Cuando el Presidente insulta, habilita que se insulte. No se trata solo de lo simbólico: hay consecuencias reales en la calle, en los vínculos, en la forma en que se discute y se disiente.

Javier Milei no inventó el odio digital, pero lo convirtió en herramienta de Estado. Ya no hay diferencia entre un troll y un funcionario. Ni entre una amenaza y una política pública. La Argentina que se grita desde Twitter es la misma que se descompone en la calle. No es solo una estética libertaria: es una ética de la violencia. Una máquina de denigrar que no construye poder, lo degrada. Y cuando el insulto es la política, la democracia se vuelve un griterío sin alma.

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