
El Senado avanza contra Villaverde y se complica su juramento

En el Senado no hay nada casual. Cada gesto es un mensaje, cada dictamen anticipa un choque y cada impugnación dice más del poder que del reglamento. El caso Villaverde lo dejó en claro. La comisión de Asuntos Constitucionales aprobó los diplomas de veintitrés senadores electos y dejó afuera solo uno: el de la libertaria de Río Negro, envuelta en denuncias por vínculos con narcotráfico, fraude inmobiliario y una vieja detención en Miami. Fue un movimiento quirúrgico. No vinculante, pero letal en términos políticos.
La Casa Rosada llegó tarde y nerviosa. En un intento de neutralizar el rechazo a Villaverde, mandó a Patricia Bullrich a presentar impugnaciones contra Capitanich y Martín Soria minutos antes del inicio de la reunión. Un manotazo que buscó equilibrar el tablero, pero que solo consiguió sumar ruido y mostrar que el oficialismo sabe que su senadora está en caída libre. No es buena señal que la jefa de bloque libertaria tenga que bajar personalmente a una comisión para intentar salvar un pliego.
El rechazo a Villaverde reunió una mayoría incómoda para el Gobierno. Firmaron Unión por la Patria, parte de la UCR, Unidad Federal y hasta aliados que, en teoría, Milei contaba como propios. Juan Carlos Romero anticipó que votará en contra, citando su detención en Estados Unidos y las denuncias por fraude. Tagliaferri y Blanco también pusieron la firma. La crítica fue transversal: si regía Ficha Limpia, dijeron, Villaverde ni siquiera podría haber sido candidata.
Las acusaciones no son livianas. Se menciona su vínculo con Claudio Ciccarelli, primo y supuesto testaferro del narco Fred Machado. Se menciona la causa por la venta irregular de un terreno en Las Grutas y un préstamo sospechoso con el Banco Nación. Se menciona su detención en Miami y una expulsión con prohibición de reingreso. Para un Senado que todavía recuerda el caso Kueider, el pliego de Villaverde llegó con olor a pólvora judicial.
Una sesión que definirá más que una banca
El dictamen en su contra no es vinculante, pero prepara el terreno para la sesión del 28. Ahí los setenta y un senadores votarán si Villaverde puede asumir. Ella no puede votar su propio diploma. El peronismo llega con veintiocho bancas y necesita nueve votos extra para bloquearla. No es simple, pero tampoco imposible. Sobre todo porque algunos de los que acompañaron el rechazo en comisión no estarán en la nueva conformación.
Mientras tanto, la Libertad Avanza se juega más que un nombre. Villaverde es una pieza simbólica de la bancada libertaria. Su caída exhibiría debilidad en un momento en que el Gobierno quiere mostrar musculatura legislativa. Por eso ya dejó trascender que, si no asume como senadora, ocupará de todos modos su banca de diputada. Es decir, el oficialismo no quiere perderla del todo. Pero si la sesión la rechaza, su reemplazo sería Enzo Fullone y ahí ya no hay margen para reclamar paridad ni reacomodamientos.
En la oposición, el caso se leyó como un límite moral y político. José Mayans sostuvo que Villaverde “compró la banca”. Habló de narcotráfico, de causas abiertas y de antecedentes que no pueden soslayarse. Florencia López recordó que a Kueider lo expulsaron por menos. Y en Convicción Federal, el catamarqueño Andrada confirmó que acompañará el rechazo.
En ese clima, se vio algo revelador. Luis Juez, uno de los dirigentes más cercanos al oficialismo, defendió a Villaverde y calificó de mentira las acusaciones. Pero Romero, del mismo espacio, lo cruzó en seco. Esa tensión interna expone algo más grande: la alianza legislativa que Milei imagina no está tan ordenada como cree.
Lo que viene es una sesión donde cada voto tendrá peso estratégico. El Senado decidirá si la impugnación se convierte en veto político o si Villaverde consigue ingresar y amortiguar el golpe. En el fondo, lo que está en juego no es solo su pliego. Es la capacidad del Gobierno para disciplinar aliados, sostener figuras polémicas y evitar que la Cámara Alta se convierta en el primer contrapeso real de su poder. La rosca ya empezó. Y como siempre en la política argentina, nadie está contando bancas. Están contando lealtades.














