Jorge Macri cargó contra el Conurbano y usó la protesta del Congreso para seguir construyendo su enemigo político

El exintendente de Vicente López presentó al Gran Buenos Aires como origen del desorden que amenaza a la Capital. Una construcción política que corre la discusión de los incidentes hacia una frontera territorial entre porteños y bonaerenses.
 
Región11/08/2026

NOTA 1Jorge Macri eligió una definición que no deja demasiado margen para la interpretación. “No vamos a dejar que transformen a la ciudad en lo peor del conurbano”, dijo al hablar de los incidentes ocurridos frente al Congreso. La frase resume una línea política que convierte al Gran Buenos Aires en contraste negativo de la Ciudad y, de paso, construye un enemigo territorial reconocible para su propia base electoral.

 

Macri concentró su discurso en los destrozos y la violencia registrada durante la protesta. Sostuvo que quienes atacaron a efectivos o dañaron el espacio público deberán afrontar consecuencias y afirmó que aquello había dejado de ser una manifestación política para convertirse, en algunos casos, en conducta delictiva. Hasta ahí, una discusión posible sobre seguridad y orden público.

 

El salto apareció después, cuando ubicó el origen simbólico del problema del otro lado de la General Paz. Macri afirmó que muchos de quienes marchan son vistos en La Matanza, donde, según su descripción, “se usurpa y se hace lo que se quiere”, y vinculó esas situaciones con droga, crimen y deterioro urbano. El mensaje dejó de apuntar a personas concretas y pasó a condensar sobre un territorio entero una colección de amenazas.

 

Ese territorio, además, no le es ajeno. Jorge Macri gobernó Vicente López durante ocho años. Conoce la continuidad urbana entre la Ciudad y el norte del Conurbano y la circulación diaria de trabajadores, estudiantes y comerciantes. Sin embargo, en su nuevo posicionamiento político, esa frontera sirve.

 

El Conurbano como adversario político

 

La operación tiene una lógica electoral clara. El oficialismo nacional y sus aliados encuentran su principal dificultad en el Gran Buenos Aires. Sondeos recientes realizados en 24 municipios mostraron una ventaja opositora en 21 de ellos, con algunos de los peores registros presidenciales concentrados en distritos populares del sur y el oeste. Convertir ese territorio en sinónimo de desorden permite transformar una debilidad electoral en una frontera cultural: de este lado, la Ciudad ordenada; del otro, aquello de lo que habría que defenderse.

 

Macri sumó a esa construcción otros ejes de su gestión. Reivindicó los operativos contra ocupaciones, aseguró que la Ciudad recuperó 901 propiedades, respaldó los desalojos rápidos previstos en la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada y volvió a cargar contra cuidacoches y contra determinados usos del sistema público por parte de extranjeros. Según sus propios números, el cobro de prestaciones sanitarias a no residentes habría generado alrededor de US$100 millones anuales y proyecta US$140 millones para este año.

 

Todo entra dentro del mismo relato: orden, propiedad, disciplina urbana y un afuera al que se le atribuyen prácticas que la Ciudad debe impedir que entren.

 

El problema es que esa construcción política borra demasiadas cosas. En la protesta frente al Congreso también hubo heridos y cuestionamientos por el accionar policial. La utilización de efectivos de civil generó fuerte controversia y comparaciones sensibles por las imágenes que circularon. Esa parte prácticamente desapareció del relato del jefe de Gobierno, que prefirió concentrar responsabilidades sobre los manifestantes y trasladar la explicación hacia el Conurbano.

 

En paralelo, durante los últimos días también circularon expresiones extremas en programas y espacios mediáticos alineados con el oficialismo contra habitantes del Gran Buenos Aires. El tono importa porque ninguna frase política aparece sola: se inserta en un clima donde millones de personas dejan de ser adversarios y pasan a ser tratados como un problema social.

 

Ese camino es eficaz para cohesionar una identidad política, pero tiene costos. El Conurbano no es una categoría criminal ni una periferia uniforme. Es la principal concentración obrera, comercial, universitaria y electoral del país, con municipios muy distintos entre sí y una relación cotidiana inseparable con la Capital.

 

Macri conoce esa realidad porque la administró desde Vicente López. Por eso su elección de palabras pesa más. No habló desde la ignorancia territorial, sino desde una decisión política.

 

Puede discutir piquetes, usurpaciones, cuidacoches o delitos. Puede defender protocolos de seguridad y reclamar sanciones. Lo que cambia la naturaleza del discurso es utilizar esos conflictos para trazar una frontera moral entre porteños y bonaerenses. Ahí ya no se administra una ciudad: se fabrica un adversario.

 

Y la ironía final es bastante porteña. La Ciudad que pretende protegerse de “lo peor del conurbano” funciona todos los días gracias a cientos de miles de personas que cruzan esa misma General Paz para trabajar, estudiar, producir y consumir. Conviene recordarlo antes de convertir una avenida en aduana política.

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