
Luces, vacas mutiladas ¿El Chupacabras?

Puelches es un pueblo tan calmo que hasta el viento parece pedir permiso. Pero desde hace unas semanas, la paz pampeana se sacudió con una seguidilla de sucesos que parecen sacados de un expediente X: caballos y vacas mutiladas sin una gota de sangre, tanques de agua que se vacían solos y luces danzando en el cielo como si jugaran al veo-veo con los lugareños. Algunos lo dicen con miedo, otros con resignación, pero todos lo repiten: "volvió el Chupacabras".
El último capítulo de este fenómeno lo vivió José Molina, un trabajador rural que hace 14 años se instaló en Puelches, justo donde se cruzan las lagunas Urre Lauquén, La Dulce y La Amarga. “Hace dos noches vimos unas luces naranjas que no eran avión ni estrella. Se movían raro, bajaban, subían, giraban…”, cuenta Molina, todavía sacudido.
Lo que sigue es aún más desconcertante. En una chacra cercana al basural, apareció un caballo con marcas precisas, como si hubieran usado bisturí. Sin sangre, sin huellas, sin explicación. “Las vacas también vienen apareciendo así. Los perros no se acercan. Es como si algo les dijera que ahí no tienen que estar”, agregó José. Los animales, en esto, parecen tener más intuición que nosotros.
Pero no se trata solo de cadáveres quirúrgicamente intervenidos. Hay otra escena que quedó grabada en su celular y su memoria: un tanque australiano a punto de desbordar al anochecer, completamente seco al amanecer. “No tenía una gota de agua. Pensamos que había una pérdida, pero no había nada. No es el primer tanque que vacían. Ya no sabemos si pensar en brujas, alienígenas o en algo que no entendemos”, confiesa.
una laguna, girando durante horas sin emitir sonido ni señales de vida.
El 7 de junio fue el pico del desconcierto. José vio algo caer del cielo, entre destellos. Pensó en una avioneta. Fue a la laguna La Amarga con la idea de asistir a posibles heridos. “Pero no había nada. Ni fuego, ni restos. Solo unos círculos enormes marcados en la tierra”, narra. Otro puestero, Carlos Suárez, confirmó la escena: “No lo vi caer, pero lo vi suspendido, a 10 o 15 metros del suelo, girando. Lo vieron camioneros y más gente”.
Ambos coinciden en algo: en Puelches no hay noche sin rarezas. “A veces bajan suave, otras rápido. Pero pasan cosas”, asegura Suárez. Y no es gente que se caracterice por fabulaciones. Son puesteros curtidos por el sol, la sal y el silencio. No tienen tiempo para inventar. Lo que ven, lo cuentan.
Y aunque la ciencia no haya dado todavía una respuesta sólida, el misterio avanza. No hay satélites caídos, ni ejercicios militares, ni clima extremo que explique lo que está ocurriendo. Tampoco aparecen huellas humanas cerca de los animales muertos. Y las luces, bueno, las luces siguen apareciendo.
Nadie en Puelches habla de “creer o reventar”. Hablan de lo que vieron. De lo que les falta. De lo que no pueden explicar. El campo está lleno de preguntas, y por ahora las respuestas flotan, como ese objeto sobre la laguna, girando en el aire. Si es el Chupacabras, un dron extraterrestre o el eco de nuestras propias obsesiones modernas, nadie lo sabe. Pero que algo raro pasa, pasa. Y mientras tanto, las vacas siguen cayendo y el silencio de La Pampa se llena de luces.



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