
Lanús y las tres noches mágicas del Indio Solari y los Redondos en 1992
Frente a la triste noticia, el Club Atlético Lanús emitió un emotivo mensaje oficial para despedir al líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, rememorando las históricas e inolvidables noches de mayo de 1992 en el Microestadio Antonio Rotili.
El eco de su poesía se volvió infinito. La muerte de Carlos Alberto “Indio” Solari paralizó el pulso de la cultura popular argentina. En medio de los homenajes espontáneos y el llanto que inunda las plazas de todo el país, el Club Atlético Lanús apeló a su memoria institucional para rendirle honores al mito: recordó oficialmente las tres noches consecutivas de mayo de 1992, cuando su microestadio albergó una de las ceremonias más puras, combativas y recordadas del rock nacional.
"En el día del fallecimiento de Carlos 'Indio' Solari, recordamos el recital brindado por Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en el Microestadio Antonio Rotili", expresó la institución "Granate" en sus canales oficiales, encendiendo de inmediato la nostalgia colectiva de miles de fanáticos de la zona sur que vivieron aquella epopeya.
El año que la 'Mosca' picó en el Antonio Rotili
Era el amanecer de 1992 y Los Redondos venían de parir La mosca y la sopa, un álbum cargado de dinamita que ya se cantaba en cada esquina. Tras meses de ausencia en los escenarios, la banda decidió esquivar las luces del centro porteño y clavar su bandera en el corazón del Conurbano. Las fechas elegidas fueron el 1, 2 y 3 de mayo de aquel año.
Quienes pisaron el parqué del Antonio Rotili recuerdan esas veladas como un trance absoluto. El aire del microestadio estaba espeso de sudor, expectativa y una mística barrial indomable. Las tres funciones abrieron con los acordes filosos de Skay Beilinson dándole paso a «El pibe de los astilleros», desatando mareas humanas que hoy adquieren una dimensión casi religiosa.
El aguante en un contexto de trinchera
La seguidilla en Lanús no solo destacó por lo musical. El país atravesaba una profunda tensión social, y la herida por el asesinato del joven Walter Bulacio a manos de la Policía Federal en 1991 seguía sangrando de frente en cada rincón ricotero.
En los accesos al club de la calle 9 de Julio, el "aguante" y las corridas con las fuerzas de seguridad configuraron un ambiente de trinchera. Adentro, el Indio Solari se plantaba frente al micrófono con sus anteojos oscuros y su estampa de chamán de remeras negras, dictando la banda de sonido de una juventud que buscaba desesperadamente dónde refugiarse. Sonaron himnos imbatibles como «Un poco de amor francés» y «Aquella solitaria vaca cubana», sellando un pacto de fidelidad eterna entre el público y el poeta del asfalto.
El dolor de las barriadas
Hoy la noticia de su partida física apaga una parte de la historia viva del rock, pero enciende la llama eterna de su obra. El homenaje de Lanús refleja el sentimiento de un Conurbano que adoptó la poesía de Solari como un manual de resistencia.
Aquel mayo del 92 quedó marcado como el momento exacto en que los shows de la banda dejaron de ser simples conciertos para consolidarse definitivamente como las "misas ricoteras" de carácter federal.
Hoy, las tribunas del Rotili están en silencio, pero en el aire del sur sigue flotando el eco imborrable de esa voz que juró que nuestro único héroe en este lío sería, para siempre, el propio Patricio Rey.
El registro de la leyenda: el pogo de 1992 en Lanús
Para los fanáticos de la vieja guardia y las nuevas generaciones que buscan refugio frente a la tristeza, los documentos de audio y video operan como un templo de memoria.
Fueron tres noches consecutivas con entradas totalmente agotadas en las que el gimnasio de básquetbol Granate se transformó en un templo masivo. El pogo de Zona Sur nació formalmente en esas jornadas gracias a himnos inmortales como "El pibe de los astilleros", "Un poco de amor francés" y "Mi perro dinamita", los cuales abrieron los conciertos desatando una auténtica locura colectiva.
La gloria en La Fortaleza y el regreso a Primera División de Lanús en 1992
Apenas unas semanas después de que los Redondos bajaran del escenario del Rotili, la fiesta se mudó por completo a la cancha de fútbol. El 24 de mayo de 1992, bajo la conducción técnica de un joven y estratégico Miguel Ángel Russo, Lanús selló su definitivo ascenso a Primera División.
Aquel equipo, que venía batallando en el exigente torneo Nacional B, se consagró campeón indiscutido tras derrotar por 2 a 0 a Deportivo Maipú de Mendoza en una Fortaleza colmada por la emoción popular. Los goles de César Domingo Angelello y Gilmar Gilberto Villagrán desataron la locura de los hinchas de Lanús que festejaban el retorno a Primera, unas semanas después de los recitales emblemáticos de Los Redondos en el Microestadio Antonio Rotilli.




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