
Crece el empleo informal y avanza la "peruanización" del trabajo argentino
La economía argentina está produciendo una paradoja que merece atención. A simple vista, el desempleo no explota. La tasa de desocupación se mantiene relativamente estable y el número total de ocupados incluso muestra crecimiento. Sin embargo, debajo de esa superficie estadística se desarrolla un fenómeno mucho más profundo: la sustitución progresiva del empleo formal por trabajo precario, informal y de supervivencia.
Los datos más recientes permiten observar con claridad esta transformación. Entre el primer trimestre de 2024 y el mismo período de 2026, la cantidad de trabajadores informales pasó de 5,35 millones a 5,95 millones de personas. Son más de 600.000 argentinos que ingresaron a modalidades laborales sin estabilidad, sin aportes previsionales y sin las protecciones básicas que históricamente caracterizaron al empleo registrado.
Al mismo tiempo, el empleo formal recorrió el camino inverso. En ese mismo período desaparecieron alrededor de 246.000 puestos registrados, mientras el universo de asalariados perdió más de 145.000 trabajadores. El mercado laboral argentino no está dejando de generar ocupación. Está cambiando la calidad de esa ocupación.
La economía del rebusque
Lo que algunos economistas comenzaron a definir como una "peruanización" del mercado laboral no implica una crisis abierta de desempleo masivo. Por el contrario, describe un esquema donde millones de personas trabajan, pero lo hacen en condiciones crecientemente precarias.
El fenómeno puede observarse especialmente en el crecimiento de los cuentapropistas informales. En apenas dos años se incorporaron más de 420.000 personas a esta modalidad, con una expansión superior al 24%.
La explicación es sencilla. Cuando una empresa despide a un trabajador formal, ese trabajador no necesariamente pasa a integrar las estadísticas de desempleo. Muchas veces se transforma en repartidor de aplicaciones, conductor de plataformas, vendedor ambulante, changarín o trabajador independiente de ingresos inestables. Formalmente sigue siendo un ocupado. Económicamente, su situación es muy distinta.
Este proceso funciona como una especie de amortiguador estadístico. La desocupación no se dispara porque el mercado absorbe rápidamente a los expulsados del empleo registrado dentro de actividades de menor calidad y menores ingresos.
La consecuencia es una economía donde el trabajo existe, pero cada vez protege menos.
Los números ayudan a comprender la magnitud del fenómeno. La informalidad laboral pasó de representar el 40,8% de los ocupados al 44,2% en apenas dos años. En otras palabras, casi uno de cada dos trabajadores argentinos desarrolla su actividad fuera de los mecanismos tradicionales de protección laboral.
La situación se vuelve más delicada cuando se cruza con la evolución de los ingresos.
Según estudios recientes elaborados por especialistas de la UBA y el Conicet, el salario mínimo perdió cerca del 40% de su poder adquisitivo desde noviembre de 2023. El deterioro fue particularmente intenso durante los primeros meses de la actual gestión económica y nunca logró recuperarse plenamente.
Hoy el salario mínimo argentino se encuentra incluso por debajo de los niveles observados antes del colapso de la convertibilidad. Respecto de su máximo histórico, alcanzado en 2011, acumula una pérdida superior al 66%.
La combinación resulta explosiva desde el punto de vista social. Por un lado, aumenta la cantidad de trabajadores informales. Por otro, se deteriora la capacidad de compra de los ingresos laborales.
Mientras tanto, los sectores que continúan destruyendo empleo formal no son marginales. Industria, comercio, transporte y servicios financieros concentran buena parte de los puestos registrados del país y siguen mostrando dificultades para recuperar plantillas laborales.
La economía exhibe algunos indicadores macroeconómicos más ordenados que en años anteriores. Sin embargo, la pregunta que comienza a emerger con fuerza es otra: qué tipo de mercado laboral está construyendo esa estabilidad.
Porque una economía puede reducir la inflación. Puede estabilizar variables financieras. Puede incluso recuperar actividad en algunos sectores. Pero cuando el crecimiento del empleo depende cada vez más del rebusque y cada vez menos del trabajo formal, la discusión deja de ser únicamente económica y se transforma en un debate sobre el modelo de sociedad que se está configurando.
Y allí aparece el verdadero desafío. No se trata solamente de crear puestos de trabajo. Se trata de crear empleos que permitan vivir, proyectar y construir futuro. Sin eso, las estadísticas pueden mostrar ocupación. Lo que no mostrarán será progreso.


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