
Intendentes buscan refugio en la Iglesia ante el avance de la crisis en los barrios
Hay reuniones que valen más por lo que expresan que por lo que dicen. En la política bonaerense nadie se sienta con la Iglesia para hablar solamente de religión. Cuando los intendentes empiezan a mirar hacia las parroquias, los obispados y las organizaciones religiosas, el mensaje suele ser otro: algo está crujiendo abajo.
Y abajo, en los barrios del Conurbano, hace tiempo que comenzaron a encenderse luces amarillas. No se trata únicamente de la demanda alimentaria. Los municipios describen un cuadro más complejo: familias que ya no llegan a pagar un alquiler, jóvenes que perdieron empleos precarios, personas que caen en situaciones de calle, consumos problemáticos que avanzan sobre sectores cada vez más amplios y una sensación de fragilidad social que atraviesa territorios enteros.
Por eso durante las últimas semanas comenzó a consolidarse una escena que hasta hace pocos años parecía excepcional y hoy se vuelve cada vez más frecuente. Intendentes y referentes eclesiásticos multiplican encuentros, recorridas y mesas de trabajo para fortalecer redes de asistencia y contención comunitaria.
La preocupación atraviesa especialmente al corazón del Conurbano. En Lomas de Zamora, Federico Otermín profundizó actividades conjuntas con el obispo Jorge Lugones, una de las voces más escuchadas dentro de la Iglesia bonaerense. No se trata solamente de obras o programas puntuales.
La señal política es más profunda: construir capilaridad territorial en un momento donde las demandas crecen y los recursos son cada vez más escasos.
La situación también llegó a la máxima conducción eclesiástica. El presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Marcelo Colombo, encabezó recientemente una reunión con intendentes y funcionarios para analizar el cuadro social bonaerense. Allí apareció una coincidencia transversal: muchas de las funciones que antes absorbían programas nacionales hoy recaen sobre municipios, parroquias, organizaciones sociales y redes comunitarias.
En esa mesa estuvieron Jorge Ferraresi, de Avellaneda; Ariel Sujarchuk, de Escobar; Andrés Watson, de Florencio Varela; Pablo Descalzo, de Ituzaingó; Fernando Espinoza, de La Matanza; Mariel Fernández, de Moreno; Mariano Cascallares, de Almirante Brown; además del propio Otermín, entre otros dirigentes que observan con preocupación el mismo fenómeno desde distintos rincones del Gran Buenos Aires.
Lo interesante no es solamente quiénes participaron. Lo relevante es por qué lo hicieron. Los intendentes conocen mejor que nadie los movimientos tempranos de una crisis social. Antes de que aparezcan en las estadísticas, los problemas llegan a los comedores, a las salas de primeros auxilios, a las oficinas municipales y a las parroquias.
Los curas que trabajan en territorio describen un aumento sostenido de consultas vinculadas a alimentación, vivienda y acompañamiento. Pero también alertan sobre algo más difícil de medir: la desesperanza.
Cuando una persona deja de buscar trabajo porque ya no cree que vaya a encontrarlo, cuando una familia alterna entre alquileres precarios y mudanzas permanentes o cuando un adolescente encuentra en las drogas una salida rápida a un horizonte sin expectativas, la emergencia deja de ser solamente económica.
En ese contexto, la Iglesia vuelve a ocupar un rol que históricamente conoció bien: convertirse en una estructura de contención donde el Estado no llega o llega debilitado. Y los intendentes lo saben. Por eso buscan fortalecer una alianza que mezcla asistencia social, presencia territorial y capacidad de escucha.
La política suele mirar encuestas. La Iglesia suele mirar personas. Cuando ambas estructuras empiezan a encontrarse con tanta frecuencia, no es porque compartan diagnósticos ideológicos. Es porque comparten una misma preocupación. Y en el Conurbano de 2026, donde el trabajo escasea, las adicciones avanzan y la vulnerabilidad gana terreno, esa preocupación ya dejó de ser una advertencia para convertirse en una urgencia.


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