
Pennywise vuelve: Bienvenidos a Derry

Por Camila Roncal (Cultura, tendencias y mucho glitter)
Terror pop y política del miedo
Las pesadillas tienen dirección: Derry, Maine. Y ahora tienen fecha. Este octubre, HBO libera “IT: Bienvenidos a Derry”, una precuela que no solo se mete con el origen de Pennywise, sino que se anima a contar el terror desde donde realmente nace: las fracturas sociales, el odio estructural, la infancia rota y el silencio adulto que habilita todo. Andy Muschietti —sí, el que ya nos llevó al infierno en los dos films de IT— dirige cuatro de los seis episodios y vuelve a darle vida al payaso más hermoso y espantoso del horror moderno: Bill Skarsgård, con su sonrisa torcida y mirada de bichito muerto.
Pero la apuesta va más allá del monstruo. Esta historia sucede en 1962, antes de que el “Club de los Perdedores” se organizara como resistencia. Y el foco no está solo en lo sobrenatural, sino en lo más temido: el odio humano. Derry es un agujero de racismo. De represión. De fuego cruzado entre un Estados Unidos paranoico por la Guerra Fría y una comunidad negra que quiere existir. Y Pennywise, claro, se alimenta de todo eso. Porque lo que da miedo no es el payaso. Da miedo lo que lo despierta.La tragedia del Black Spot: un espejo siniestro
Uno de los ejes de la serie es la historia del club Black Spot, creado por Will Hanlon —el padre de Mike—, un bar inclusivo que fue arrasado por supremacistas blancos. Eso no lo escribió HBO: lo escribió Stephen King en 1986. Pero verlo ahora, en una pantalla que no escatima en tensión racial, lo convierte en un cachetazo cultural que incomoda a todos los que creían que Pennywise era solo un cosplay de Halloween.
En paralelo, empiezan a desaparecer chicos. Otra vez. Y nadie hace nada. Otra vez. Hasta que un grupo de pibitos comienza a conectar pistas, a correr riesgos y a ver lo que los adultos se niegan: que Derry está maldita y que el mal se parece demasiado a nosotros mismos. Hay una idea brutal que flota en el tráiler: Pennywise aparece cada 27 años, sí. Pero cada regreso está precedido por una tragedia. Una implosión social. Un crimen que no tuvo castigo. Un trauma colectivo que, si no se cura, vuelve con dientes afilados.
El horror como dispositivo político
Esta no es solo una serie de sustos y maquillaje. “Bienvenidos a Derry” trabaja el miedo como lo hacía Jordan Peele en “Get Out”: como un lenguaje que escarba en la historia y encuentra lodo. El racismo, la marginación, la complicidad de las instituciones, todo está ahí. Pennywise es el disfraz. Lo real es lo otro.
La ambientación sesentosa —con sus Cadillac, sus radios a válvula, sus vestidos florales y sus sótanos húmedos— es puro deleite visual, pero también un escenario donde la corrección política no existe y el terror tiene permiso. La pregunta que flota es: ¿cuántas veces necesitamos ver niños desaparecer para reaccionar? ¿Cuántas veces tiene que volver el monstruo?
Un regreso que no es nostalgia, es ajuste de cuentas
La fuerza de “Bienvenidos a Derry” no está en el susto fácil. Está en ponernos incómodos con lo que dejamos pasar. En hacernos mirar la violencia estructural como un espectro que nunca se va, que muta y que, si no lo enfrentamos, vuelve con forma de payaso. Es también un homenaje a la infancia que resistió, a esos “perdedores” que eligieron mirar.
No sabemos todavía cómo terminará esta precuela, pero si algo enseña Derry es que el horror siempre vuelve. La diferencia está en si esta vez, lo miramos de frente.



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