
Atormentado: cuando el amor se vuelve castigo....

Por Constanza M. Schonfeld.
Hay una nueva sensación asfixiando mi cuerpo. Invade cada rincón de mi alma. Atormenta lo poco que me queda de cordura
Lastime a mi maravillosa esposa, la misma que me ayudó en mis peores días; hundida en la tristeza por causa mía, por causa de mi falta de querer, por mi falta de empatía y amor. Mi egoísmo me cegó y me hizo dañarla de la peor manera que existe para ella. La castigué por unos estúpidos celos.
Toda esta pesadilla comenzó con la acción más estúpida. Mi pobre esposa decidió que hacía mucho no veía a sus amigas, por lo que comenzó a reunirse con ellas cada día después del trabajo; se solían ver por unas cuantas horas, de dos a cuatro horas aproximadamente. Esta situación no hizo más que ponerme nervioso e incómodo, no porque no me agradaran sus amigas, o porque no me gustara que saliera con ellas; sino porque ella no pasaba ese tiempo conmigo, prefería escuchar sus aburridos dramas antes que oír mis historias, era mejor para ella escuchar sus estúpidos problemas cotidianos antes que los míos.
No voy a mentir, siempre fui muy obsesivo y acaparador con la gente que amo, no me gusta compartirlos, me gusta que cada momento que tengo para estar con ellos, y cuando siento que no quieren estar conmigo, me deprimo y hago venganzas estúpidas en su contra, para que me extrañen y quieran volver a mi lado. Sé en mi interior que es ridículo, pero no puedo evitarlo, necesito sentir que me aman tanto como yo a ellos, necesito que me demuestren su amor con compañía total, quiero que estén abnegados a mí.
Al principio, cuando empezó a salir con ellas, lo toleré y llevé bien la situación, pero al mismo tiempo comencé a sentirme solo y desplazado, necesitaba y extrañaba a mi esposa, quería tenerla para mí como en los viejos tiempos; pero ella estaba muy comprometida con sus salidas de “chicas”, por eso no iba a tolerar que le dijera que se quedara conmigo o que las viera menos tiempo; sobre todo no iba a ceder porque sus amigas son muy insistentes y también algo acaparadoras como lo soy yo.
La desesperación de la situación me llevo a tratar a mi esposa con menos cariño que antes, era mas cortante, no respondía a sus llamadas y le devolvía tarde los mensajes, dejé de llamarla por los apodos que tanto le gustaban, dejé de darle detalles y prácticamente dejé de ser su esposo; la abandoné y la arrojé cada vez más a los brazos de sus amigas.
Ella notó esto, y trató de hablar conmigo, pero yo estaba cerrado en mi idea de castigarla por su abandono, sentía que ella merecía sufrir por eso cada vez que me proponía hablar, simplemente le decía que todo estaba bien y no había de que hablar, que si quería hablar lo hiciera con sus amigas que para eso las veía. Ella quedaba dolida cada vez que eso pasaba, pero no se enojaba, solo asentía con la cabeza como si todo estuviera bien; porque eso hacía ella, fingir que todo estaba bien porque conocía mi temperamento y porque no quería conflictos; ella era pura paz, jamás quería pelear, no era su estilo.
Lástima que no supe apreciar lo que tenía y que lástima que no acepté sus invitaciones a charlar, que lástima que no valoré la posibilidad que ella me brindó. A pesar de sus esfuerzos, simplemente la ignoré en todas las oportunidades que ella me dio y hoy pago mi condena por ello.
Pero, en vez de eso, tomé la peor decisión que había. Yo decidí engañarla, decidí que, si ella se divertía con otras personas, yo también lo haría, pero no de manera honesta, sensata y directa, sino de la forma más cruel para ella. Y sé que es lo peor que pude haberle hecho debido a su historia, yo jugué con sus traumas.
Cuando ella era joven, su padre tuvo una aventura con su secretaria y su madre lo engañaba con un vecino. Ella tuvo que padecer las peleas de ambos por culpa de sus infidelidades, ella no solo tuvo que ver como se eran infieles mutuamente, también debió mentir y fingir para protegerlos de ellos mismos; a ella le dolía en el alma tener que encubrir cada uno de sus engaños. Sufrió tanto toda su infancia y adolescencia, que se juró a sí misma jamás ser infiel, conocía muy bien las bajezas de eso y no pensaba replicarlo; se prometió que no sería como sus padres.
A pesar de que yo sabía esto, la condené a sufrir un castigo extremo, como si yo pudiera ser un válido juez de la moral. La herí con suma crueldad y si soy sincero, ni siquiera me importó, simplemente sentía que estaba haciendo justicia.
Así fue como empecé mi aventura con mi vecina, Yvonne; no hacía mucho que ella se había mudado a nuestro edificio y yo me la cruzaba siempre que regresaba del trabajo; si soy honesto, desde el inicio me llamó la atención y me resulto atractiva, pero jamás hubiera hecho nada con ella si no fuera por mi enojo con mi esposa.
Una tarde lluviosa, mi esposa salió de nuestro departamento para ver a sus amigas como era lo usual; cuando se fue, yo bajé a sacar la basura, por azares del destino, Yvonne también; nos cruzamos y nos saludos al subir al ascensor, fue allí donde todo ocurrió. En ese lugar estrecho y pequeño, ella comenzó a hablar acerca de su vida y detecté en su voz un tono de coqueteo, el cual lamentablemente correspondí. Entre charla y charla, nos fuimos acercando cada vez más y un instante antes de llegar a un punto sin retorno, me enteré que ella estaba tan frustrada y cansada de su esposo igual que yo de la mía. Luego de esa confesión, entendí que ella era la venganza perfecta, y me dirigí sin ninguna cautela y sin remordimiento a mi propia tumba.
Fue así como empecé con la peor venganza y la peor traición. Veía a Yvonne cada tarde luego de que mi esposa salía con sus amigas; el esposo de Yvonne no era un problema ya que siempre trabajaba hasta altas horas de la noche, por lo que yo pasaba todas mis tardes en compañía de Yvonne, saboreando mi victoria y regodeándome del dolor que cargaba mi esposa, porque, aunque ella no supiera de mi infidelidad, sufría todas mis asperezas y todos mis desplantes.
Al menos así fue hasta el fatídico día. Mi esposa una tarde para mi desgracia volvió antes de su reunión con sus amigas. Con lo cual se llevó la terrible sorpresa de encontrarme en la cama con Yvonne, tuvo la desdicha de ver el lecho de nuestro amor convertido en un templo de traición.
Cuando nos vio se quedó en shock, quedó petrificada en el lugar con lágrimas en los ojos, sin poder dar crédito a lo que veía. Solo lloraba y me miraba incrédula; yo estaba paralizado también, pero en el instante en que reaccioné, me abalancé hacia ella, la tomé por los hombros y le dije que podía explicárselo; fue recién en ese momento que ella volvió en sí, me gritó que no había nada que explicar, que me podía ir al infierno, que la había traicionado como nadie antes, entre muchas otras cosas.
Luego de gritarme, se alejó de mí y corrió hacía la calle; yo la seguí y poco antes de llegar abajo, oí un sonido muy estruendoso, me asusté, pero seguí corriendo para alcanzarla y al llegar a la calle por fin; me llevé la peor sorpresa de mi vida. Vi a mi esposa tendida en el medio de la calle, totalmente ensangrentada e inmóvil; en el momento en que la vi sentí que el alma abandonaba mi cuerpo, dejé de existir al mismo tiempo que ella.
Corrí hasta su cuerpo inmóvil y noté al instante que ella se había ido. Sabía que era inútil llamar una ambulancia, pero los transeúntes del lugar no opinaron igual que yo, ellos albergaban una esperanza que yo había perdido. Como predije, los médicos no pudieron hacer nada, la ambulancia llegó demasiado tarde para mi esposa.
Solo nos quedaba despedirnos de ella. Desde ese momento hasta hoy, transcurrieron tres semanas. Tres semanas sin la mujer que más amé en mi vida. Tres semanas desde que asesiné a mi compañera de vida. Tres semanas llevo muerto en vida… y eso se termina hoy.
Me decidí a terminar con mi sufrimiento, ya no quiero existir en un mundo donde ella no esté, prefiero morir definitivamente y acompañarla en otro plano. Es por eso que escribo esto, para dejar constancia de que todo lo ocurrido fue culpa mía y que ella fue la mejor esposa que alguien tan miserable como yo pudo tener.
Lo más duro de todo es saber que jamás volveré a ser digno de pronunciar su nombre de vuelta. Me lo prometí y se lo prometí a su memoria.
Me despido de este mundo, con el peso de saber que este lugar continuará engendrando en su vientre seres tan infames como lo soy yo.



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