
Cerró “El Viejo Cine”: cuando la crisis apaga un clásico de Longchamps
En Longchamps, las persianas bajas no son solo un dato comercial. Son señales de época. Esta vez le tocó a “El Viejo Cine”, una cervecería que había logrado reconvertir un edificio con historia en un punto de encuentro para vecinos, amigos y familias. El cierre no sorprende por aislado, sino por lo que representa: la dificultad creciente de sostener proyectos gastronómicos en un contexto donde el consumo se retrae y los costos no dan tregua.
El local funcionaba en Yrigoyen 18.335, en un espacio que supo ser el cine del pueblo desde la década del 50. En los años 60 vivió su momento de mayor esplendor, hasta que un incendio en los 70 lo dejó fuera de juego durante décadas. Recién en 2021, un grupo de seis emprendedores -cuatro de ellos hermanos- apostó a devolverle vida con una propuesta cervecera que combinaba identidad barrial y recuperación patrimonial.
La apuesta, como tantas en el conurbano sur, se sostuvo mientras hubo movimiento en la calle. Pero el escenario cambió. Menos gente saliendo, menos consumo recreativo y más presión sobre los costos fijos. La ecuación empezó a desbalancearse. A eso se sumó el factor estacional: el frío reduce la circulación y golpea directo a los espacios que dependen del encuentro social.
En el sector gastronómico, la lógica es cada vez más ajustada. Muchos locales logran abrir solo fines de semana. Otros directamente empatan.
Son pocos los que generan margen. Salir a comer o a tomar algo dejó de ser una práctica habitual para convertirse en una decisión medida. Y cuando el consumo se vuelve esporádico, los emprendimientos pierden volumen y previsibilidad.
Lo que pasó con “El Viejo Cine” sintetiza esa dinámica. No fue un problema puntual ni un error de gestión. Fue un conjunto de variables que, combinadas, hicieron inviable sostener el proyecto. Caída en las ventas, aumento de servicios, menor circulación y un contexto económico que no acompaña.
El cierre tuvo, sin embargo, un final a la altura de su historia. El último fin de semana el lugar volvió a llenarse. Vecinos, clientes de siempre, amigos. Una despedida con presencia, como si el barrio entendiera que no se trataba solo de un comercio más. Era un espacio de encuentro, de identidad, de memoria.
En el conurbano sur, estos cierres tienen una lectura más profunda. No solo se pierden puestos de trabajo o inversiones. Se erosionan los espacios donde la comunidad se reconoce. Donde se construye lo cotidiano. Donde el tiempo se comparte.
La economía puede explicarlo con números. Pero en el territorio se siente distinto. Cada persiana que baja deja un vacío que no se mide en balances. Se mide en ausencia.
Y en Longchamps, esa esquina que supo ser cine, bar y punto de reunión, vuelve a quedar en silencio. Una señal más de un presente que obliga a recalcular incluso aquello que parecía consolidado.


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